intolerable sensación de dolor

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Mira esta intolerable

sensación de dolor

que aparece en mi alimento lento

y se reduce a migas

y manchas de vino.

 

Mira este absurdo tenedor brillante

reflejando,

sucio,

el techo del salón,

y mira el televisor cotidiano,

cuadrado,

brusco,

emitiendo en directo

caras más o menos estéticas.

 

Mírame a mi,

idiotamente impersonal,

sirviendo el té,

observando esta situación

que no me pertenece,

que no me define,

ni contiene,

ni significa.

 

cosquillas

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Yo era las cosquillas de mi madre y me ha costado acostumbrarme a quién no lo hacía bien, a desvestir de género el gesto, la anatomía, el deber, llamar a las cosas por su ser y no por su nombre con letras codificadas con un censo masculino, entablar un diálogo profundo en una superficie espesa con sus ojos en mi ombligo; tratar de respetar una complejidad anónima construida sobre un instante y no sobre un individuo. Y sentir esta amarilla y tersa existencia mía, como una danza en la danza.

 

vestido amarillo

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Desnudo este gesto de objetivo, me uno a los otros, a todos, para vestirlo y me siento correteando por la sociedad. Esta salvaje manera de reconstruir mi vida me hace preguntar ¿qué día eres?, ¿no te duele ese vestido amarillo? Me proyecto, lloramos y plantamos flores, pero borrachos; pierdo el tiempo contigo y me siento a mirarte en una silla, a ser leve primero, para luego ser mujer, persona, hombre, madre sin hijos, hermana, compañera, nunca enemiga pero a veces distancia emocional. Me replanteo todos los pasillos por los que camino a ras de la pared, siento que soy una maceta llena de insectos y colores, me siento la náusea de todos los enamorados, me siento rastro y reacción, me extirpo a mi misma, me trasplanto el todo y va doliendo pero cabe, salvajemente va doliendo, pero cabe.

 

la leche y el pan

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Existe una droga materna, bella, orgullosa, severa, es un teatro mental con luz de colonia, una celebración mínima de los lápices y las manzanas; son lentas palabras de sanidad, el umbral de una mujer es el daño de un beso, la curva de los cuerpos, es un túnel apoyado sobre el suelo, una honda dependencia, el íntimo cuero de las maletas, los platos oscuros, el martes cuadrado, las náuseas en el sillón, la cáscara breve del huevo, es la voz permanente, la casa y la esquina, la grasa nerviosa del pelo, es el bosque modelo y la blanca vejez que se lleva en las uñas, es ella una talla estirada hacia la harina, un flaco roce de sudor; cuando la sociedad opera es semilla, o es magia y adulta y secretaria y a veces es masculina y, entonces, militante del absurdo. Es el síntoma primero de la vida, es la leche y el pan de la tierra de los niños, y no un vino amargo seduciendo vuestras lenguas.

polvo y hoyos fríos

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Hay un globo ilustrado con árboles, cambiando las texturas primeras, los cultivos segundos, está la piedra allí en el suelo y yo soy su poro, están vacíos los juncos alrededor. Veo tu cara desvestida de gesto y siento que vuelvo a estar desnuda en la pradera, rozando las hormigas con mis rodillas en la tierra. Esta observación pequeña me recuerda al flequillo despeinado, a esa mueca tuya vacía, posible de todo, esperando recibir mi instinto, quieto, desde su espacio en construcción. Está el mar delante, hay polvo y hoyos fríos, hay materia pero no es la materia que normalmente me viste. Se miran nuestros pies y el mar, y se salpican unos a otros de agua y piel; bailo en un plano de cuerpos que no son cuerpos.

 

linda antropología

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Entran dos clientes a la dimensión y piden flujo, saltan, son superficiales, uno rubio y otro pensativo, llevan llaves en los bolsillos, tienen fiebre permanente y están heridos por su propiedad, recitan versos y dan fiestas, uno lleva lentes, el otro no paga sus facturas. Se sientan en una silla, la fiebre sube, parecen dos químicos con dientes, observan los muebles en la intimidad, las dramáticas curvas, los palacios de hierro, se sienten amargos, superan la flexibilidad de los economistas porque tienen preciosas habilidades en la inteligencia, dieciséis años y una cuerda, son rápidas criaturas con sonrisa de oliva.

Bailan solos cerca de las lámparas, atacan los círculos de semejantes, su linda antropología les acerca a la primera filosofía de la soledad; adivinan los impulsos derivados de la realidad, lo masculino y lo medieval, la semilla y la manteca. Su miseria de manzana, sus desnudos griegos y oscuros hablan de intentar huir del deseo, de lo lento, del bautismo; y se abstraen de sus padres a través de los detalles, el vicio y la ruptura.

 

niño

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Imagino el olor de tu ropa sin planchar, aún áspera y seca, y tu cuerpo desnudo debajo, moviéndose con la granate naturalidad del tiempo que se curva; imagino el grosor de tus ojos al enfocar mi contorno sobre cualquier superficie rugosa. Imagino los valles de tu cara, tu longitud dormido; me gusta pensar que eres los modales por los que las madres castigan a sus hijos; antes o después tendré que confesar que lo que más me gusta de ti es tu nariz, respirando, y que me dan igual los días y la sangre y lo que escuece bajo el brillo. Imagino tus oídos escuchando jazz, tus papilas saboreando unos labios rápidos y blandos como un flan; e imagino tus manos tocándolo todo, paseando por la otredad de los objetos de las casas y las consultas  y las galerías. Te imagino como tú nunca te imaginarías, con ojos enormes de niño que apenas piensa, con tiempo de sobra, con ropa morada, mirando las piedras.