Marionetas en el pasillo

Y… “sobre el denso fondo de mi alma ese recuerdo no ha palidecido”.

Era domingo, al menos en mi mente. Nubes de color gris y amarillo se extendían sobre la calle que alcanzaba a ver desde mi ventana; algunos árboles de los que colgaban restos de hojas secas, sillas de bares amontonadas con prisa en una esquina, comercios vacíos, coches y cubos de basura. Pasaba de vez en cuando alguien corriendo bajo la tormenta que duró escasos veinte minutos y que empapó por completo la avenida.
En mi habitación rebotaban colores fríos: ni azules ni rosas ni siquiera grisáceos; sólo fríos.

Aquella tarde sentí algo distinto. No era tristeza, eso es bonito. Era otra cosa.
Era… algo gris, algo feo, detonado jamás sabré a raíz de qué.
Y bueno, allí estaba, no había tantas lágrimas para aquel pensamiento; y entonces decidí escribir como escriben los espejos: hondo, efímero y vacío:

                                    ” Siempre pensé que una de las cosas, sino la única, más importantes de una puerta es la luz que hay tras ella. Y esa tarde el pasillo estaba oscuro.
Si te fijabas bien casi parecía salir luz de la oscuridad del armario de una de sus paredes, en el hueco que quedaba al descubierto entre sus puertas; esas que custodiaban abrigos pesados que ya nadie usa.
Podía incluso percibirse una oscuridad menos oscura en las rayas que unen las tablillas del parqué.
Coloqué mis manos sobre mis ojos y pronto vi un televisor: unas marionetas azuladas se movían sin demasiado sentido por la pantalla, algunas carecían de ojos, de cuerpo, otras simplemente no tenían cabeza. Parecían hilos enredados interpretando una gran función.
Cerré los ojos más fuerte, más denso. Seguían allí. Sus ojos, quienes (?) los tenían, se movían de un lado a otro, podía escuchar cómo chocaban contra sus párpados.
Me giré, grité, salí de la habitación. Las marionetas seguían allí, en mi cabeza.
El pasillo estaba oscuro.
Volví a entrar al cuarto me senté en la cama, frente al televisor, con los ojos fijos en el parqué, miré entonces… La televisión estaba apagada. No había marionetas ni ruido ni color azul. “No importa, no hay de dejar espacio al miedo. Sino, campa a sus anchas bajo la cama.”

Abrí los ojos contra el techo.
Pasaron minutos, quizás horas. Y no pasó nada.
Se escuchaba el sonido de los coches sobre los charcos, algunas verjas que se cerraban, personas balbuceando y el crujir de las puertas. Nada más.
Notaba en los ojos cómo se dilataba el tiempo.
De vez en cuando miraba el pasillo; seguía oscuro. Cuando lo miraba durante mucho tiempo empezaba a nublárseme la vista, con esas nubes verdosas que van de fuera hacia dentro; si les prestaba atención, tomaban la forma de las marionetas.
Era una situación frustrante físicamente hablando, tras tanto rato recostada sobre la cama los brazos me pesaban toneladas y tenía la nuca dormida.
Pero me aterraba la idea de salir al pasillo, de ponerme de pie junto al hueco vacío que hay debajo de mi cama.
Pensé en nubes, en ángeles, en cuerpos de mujer, en cadáveres, gatos, óperas, golondrinas, en catedrales, en el gobierno, en moscas, en venas y ratas.
Pensé en el miedo, en el hueco de la cama, en la luz del armario, en los charcos y los ruidos del televisor.
Pensé en los espejos, en su poesía. “

Y entonces dejé de pensar, de soñar.
Salí al pasillo y, cuando pude verme las manos por el haz de luz que salía del armario, me di cuenta de que eran manos talladas en madera, sujetas por hilos que se extendían hacia un techo que, por más que lo intenté, jamás pude ver.

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