El muerto que vivía detrás de las cortinas

El vidrio de una ventana rozaba violentamente su estómago, y es que el espacio que se extendía a sus espaldas le resultaba cada vez menos soportable.

La luz  era delicada, sin altos puntos de contraste más que un tubo fluorescente que se reflejaba, sin saber bien cómo, sobre su muñeca y antebrazo derechos. Este mismo reflejo rebotaba en la ventana, colocada a unos ocho centímetros de su cara. Tras ella, una escena perfectamente estructurada:         Ladrillos verdosos, barandillas marrones y antenas parabólicas apuntando al cielo gris; espacio que se le antojaba un bosque cuando estaba demasiado triste como para ver la realidad.

La creencia en un posible futuro-mejor momento, se desvanecía sobre su piel pálida. Reflexionaba día y noche hasta el límite de su interior.

La supervivencia era, para él, un error instantáneo que dejaba secuelas en su forma de moverse durante años, y seguía, no con demasiada voluntad propia, respirando.

Se mecía… — no sé si comprendéis lo que digo — se mecía su mente en forma de círculos, encadenados unos a otros, sin fin, sin retorno.

Hacía días, quizás meses, que no sentía el calor humano; sus manos estaban frías como siempre y azuladas como nunca.          No era tan dramático como pueda parecer; de hecho, había perdido el miedo a las alturas y hacía tiempo que ya no sentía aquel dolor en las manos. Pero sentía, o soñaba, que su aliento eran ahora flores moradas a la intemperie.

Y digo ésto porque le ocurría a menudo que no sabía si estaba soñando o de pie frente a la ventana.

Se le dormía, de vez en cuando, la vista y los ladrillos empezaban a bailar hasta que desaparecían con un violento fogonazo de luz blanca. Siempre ocurría de la misma manera, y siempre se quedaba paralizado como creyendo estar entendiendo un gran misterio que le llenaba y del que aún no era consciente.

Escuchaba  a sus espaldas conversaciones que no llegaba a descifrar, tampoco le interesaban demasiado, estaba a gusto junto al cristal.

Permanecía quieto, enfocando a la parte más cercana a sí de la ventana, podía ver reflejada la habitación que tenía detrás; no prestaba demasiada atención a sus dimensiones ni a qué estancia podría ser, sólo se fijaba en que al fondo a la izquierda había una puerta cerrada.

Las puertas le tranquilizaban.

Cuando anochecía, alguien parecía estar ocupando su cama, era incómodo notar aquella presencia; pero tampoco le importaba demasiado, llevaba meses sin utilizarla para dormir.

 

 

Líneas desnudas cruzaban sin tregua el suelo aquella mañana; cubrió su pecho con las cortinas, y sintió que hacía un día perfecto para una muerte prematura.

Apenas dejó sangre sobre la acera, pero se dejó los ojos abiertos a fin de encontrar con mayor rapidez la “luz al final del túnel”.

Un violín le rozó la espalda;  se sintió, como el universo, en expansión, y se detuvo entre los dos hombros a respirar.

De pronto, se hallaba frente  a una ventana.

El tiempo pasó, ni rápido ni lento, sólo pasó… escuchaba hablar a alguien a sus espaldas, pero nunca se giró para ver quien era, sólo aquel rincón le parecía agradable.

 

Y fue una noche cualquiera, mientras el frío de la calle penetraba el cristal, que se dio cuenta de que había perdido de vista su pulso y que, al exhalar, no sentía el aire.

Y se dio la vuelta de golpe, y sólo fue capaz de vislumbrar una habitación que se extendía tras la poca luz que dejaba pasar la cortina, donde el tiempo seguía transcurriendo como antes; y al mirar al suelo vio sus pies caminando despacio hacia la ventana…   se sintió, como el universo, en expansión y se detuvo, entre los dos hombros, a respirar.

 

 

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3 comentarios sobre “El muerto que vivía detrás de las cortinas”

  1. Lo he leído varias veces. Me tiene atrapado (junto a otros, perra). Si leo algo del tirón una y otra vez, y cuando llego al último renglón me haces esas paradas, esa cadencia final hasta ‘…respirar’ que se me coge al pecho como una mano estrujándome el corazón. O lo que sea. Si siento cada vez ese apretón en el cuello del alma, para mi culo es un buen final. Un buen final solo puede partir de un principio luminoso y si levanto letras, yo te veo un prolongado recorrido. Tienes el puto Don de la expresión. No te mojes pero me gustas un montón. Un. Montón. (Perra) Un beso y disculpa mi lengua soez. Thanks ; )

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