El humo de los días

I. Se fundían las paredes anaranjadas de ladrillos incrustados unos contra otros, con el sol bajando lentamente al horizonte, buscando rozar el filo, aplastarse y, sin más, desaparecer.

Cabizbajos torrentes humanos pisoteaban impasibles el hormigón pringoso de lluvia, como un ejército grisáceo, reflejando pobremente el amarillo pastel que filtraban las nubes. Lo pasos, casi al unísono, levantaban minúsculas gotas de restos de lluvia y al caer componían una marcha fúnebre transparente y sorda.

El Tiempo se extendía de punta a punta del espacio produciendo giros y tensiones, a fin de procurar que al final de la jornada todo retrocediese sobre sí mismo y volviesen los hombres grises a caminar sobre el asfalto.

La ciudad, poco a poco, envejecía. Podía verse el desgaste de las fachadas de los edificios y sus esquinas amarillear; las grietas empezaban a colmar el hormigón, haciendo tropezar a los menos atentos, rompiendo por completo el correcto transcurso de la marcha fúnebre.

A veces ocurría que uno de ellos sentía una fuerte presión en el pecho y se desplomaba sobre el suelo; inmediatamente El Tiempo le arrastraba por la calle antes los ojos distraídos del resto de los transeúntes, introducía un cable eléctrico en su boca, hasta el estómago y volvía a ponerle en pie, reanudando éste su marcha, tras vomitar un par de veces un fluido transparente.

 

Caminaban. Y la cuidad envejecía. El Tiempo había conformado una red de cables transparentes sobre sus cabezas y bajo sus pies, como una jaula impalpable.

 

 

Los hombres, mecánicamente, vivían. Vivían caminando.

Los dedos líquidos de las voces les ordenaban caminar; como agua helada de plata, bajando hacia la nuca, constriñendo sus cuellos en posición diagonal.

 

II. De pronto, el sol rodó como una canica y llovió sobre los hombres la Luz. Las chispas estallaron sobre sus cabezas, haciendo salir de sus oídos líquidos verdes y violetas, producto del aplastamiento de sus pensamientos; con el impacto sus lenguas se desenrollaron mostrando cómo una gran correa húmeda de papilas gustativas unía sus bocas con el suelo ennegrecido. Se descolgaron sus brazos y parecían ahora marionetas colgando de hilos, cuerpos enganchados, por la piel, al cielo.

Sin embargo se mantenían aún erguidos, pues la sombra que ocupaba todo el espacio tras haberse descolgado el sol, formaba enormes plataformas de oscuridad tan densas que podían sostener el peso de los cuerpos.

Los cables ocupaban las calles y, al chisporrotear sus extremidades, emitían un ínfimo halo de luz que dejaba entrever la imagen de los hombres grises estallados contra columnas de sombra.

De ellas empezó a brotar pelo, un pelo negro, denso y húmedo. Los cuerpos no oponían resistencia y fueron lentamente engullidos por las tupidas columnas.

 

El sol yacía hecho añicos sobre las aceras, y emitía un sonido quedo, como un quejido de luz.

Al cabo de un lapso no definido, puesto que El Tiempo ya no corría, las columnas se irguieron sobre sus bases viscosas, expandiéndose unas hacia otras hasta unirse en una masa oscura que se solidificó en forma de esfera espesa.

 

Venas azuladas electrificadas, comenzaron a trepar por la piel del nuevo espacio, incrustándose en él, traspasando sus paredes. Al llegar al interior, una pila de cuerpos deshechos se batía de forma violenta rebotando contra las paredes internas, debido a las convulsiones que las venas electrificadas producían a la gran esfera.

Las venas se extendieron hasta el núcleo de sus cuerpos, se adentraron en sus estómagos y, de un golpe cruento, éstos emanaron líquidos transparentes, mezclándose unos con otros.

El fluido conformado ocupó por completo el interior de la esfera e incapaz ésta de retenerlo, estalló sin hacer ruido, salpicando el resto de la oscuridad exterior.

 

III. Las venas electrificadas, deshilachadas sobre el suelo, se apagaban lentamente, perdiéndose los minúsculos haz de luz azulada que emitían hasta sumirse, el espacio, en la más absoluta oscuridad.

 

Pequeñas gotas salpicando al unísono comenzaron a componer una marcha fúnebre transparente y sorda; mas sin Tiempo ni Luz no pudo ser contemplado el impecable paso del nuevo Hombre.

 

 

 

 

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