inexistencia

Ahora que habitas en la piel del silencio, te espero en este fracaso, te espero entre los cables y los versos enredados, purulentos. Espero a que te diluyas por completo, que gotees hacia el norte de mis ruinas de vidrio.

Hoy ha entrado por la ventana la extraordinaria luz de los lunes y, sin tus ángulos de apoyo en el salón, se ha hecho añicos contra el suelo, sin envejecer primero, sin mirarme siquiera con sus ojos eléctricos.

— escribe y olvida — así de simple, así de oscuro.

Se tensan las calles, mis salvajes lagunas femeninas hierben, se ahuecan las alas de las letras de esta epopeya de serenidad fingida. Y me inclino hacia la tierra, para respirar el aire que debías inhalar tú, para masticar la arena que rompa estas palabras infames; que me triture el invierno, que me devoren las noches, que se acaben los minutos.

 

Pero vuelvo a los tejidos minerales, a correr sobre el cemento, a dibujar perlas de trapo y, entonces, me quiebro en dirección contraria al bronquio del planeta, me hundo en la saliva espectral de este cuello de plata, de sal cromada.

 

Y te recuerdo.

 

— Que se acabe pronto el tiempo

de esta cruda inexistencia que me ata al vacío. —

.

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