Tú eres la fecha de mi muerte

Nos cruzamos por primera vez entre la palidez del otoño y, como todo era gris y blanco, no me di cuenta de que tus labios azuleaban.

 

Tú crecías como a escondidas por dentro de mí, te escuchaba como a un zumbido, construyéndote en la intimidad de mis palabras. Y te asomabas, por sorpresa, de vez en cuando a mi boca, rompiendo el tímido espacio desde el que te observaba existir.

 

Me ofrecía la rutina lo exquisito de escapar a ti, a la llanura profunda del tiempo que transitaba mi hostil vulgaridad.

 

Y creciendo seguías como un beso de caracol aquí, entre el paladar y el tórax; libre, distraído, sin fin como tú eras, azulado y sereno.

 

Las grúas dieron la vuelta por toda la ciudad en invierno y llena de ti me tumbé a soportar tu bruma. Entonces hablé desnudándote, esculpiéndote hacia fuera, hasta encontrarte a mi lado se nos hizo primavera, nos arrancamos miradas sin compasión, sin hacer ruido; allí vi tus venas claras, tus ojos encrespados como un remolino en el mar, y escribí en tu boca lo que habías hecho conmigo, los quinientos cincuenta versos que edificaste en mi sabor y mi conciencia.

 

Cuando pude quedarme vacía ante tus labios azulados, volaste en dirección contraria al otoño, libre como siempre, volaste hacia el exterminio.

Y esperando a olvidar la crónica de tus dientes en mi carne, me olvidé de tu leve zumbido, creciendo a escondidas dentro de mí.

 

 

 

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