Los microorganismos

Tal es mi enfermedad que noto hongos trepando desde el suelo, por todo mi cuerpo hasta las mucosas. Y puedo oír cómo trepan sin prisa, como un ejército bacteriano que incansable mastica mi piel hasta que sólo queda, de ella, heridas y hematomas.

Hay hormigas en este suelo de arena, hay tierra y queda algo de barro, apenas hay hojas muertas que han caído de los árboles y que los insectos utilizan para posarse un momento a cagar. No hace frío aunque ya sea otoño, hay una temperatura ideal, y madres y niños que gritan y padres que no están.

Pero las hormigas son lo que me inquieta, podrían en cualquier momento meterse por mis pantalones, por dentro de los calcetines, o subir hasta mis muslos, y yo tendría que correr en todas direcciones para que se desprendiesen de mi, tendría que correr en círculos para volver a la normalidad. O podría ponerse a llover, allí al fondo hay una nube, podríamos empaparnos y yo, con estas zapatillas de tela, podría resfriarme, caminar encima de dos charcos y quizás, si además pierdo el autobús, no podría llegar a casa a ponerme calcetines secos y a tomar un tazón de leche y, entonces, si que me resfriaría y podría perderme el funeral al que he sido invitada para el próximo fin de semana; quedaría fatal si no asistiese, ha muerto el gato de una amiga devorado por una especie de pulgas, pero le han rapado entero y no supone ningún peligro de contagio, me he informado bien. La nube avanza hacia nosotros, caminemos en dirección contraria y corramos cuando pasemos por debajo, por si le da por llover justo en ese instante, corramos.

Hay unas hojas de palmera preciosas a lo largo de todo el bulevar, fueron podadas la semana pasada, pero se dejaron por todo el suelo a modo de alfombra natural, a mi me gusta observarlas, de vez en cuando hago fotos, pero nunca jamás paso demasiado cerca de ellas; los niños las pisan, las utilizan para jugar, dicen ser indios y se las ponen sobre la cabeza, sus madres absortas en conversaciones absurdas, lo ignoran.

Tengo las manos frías, es esta extraña humedad, los nudillos me dan pinchazos que irradian hacia el codo y desde el codo hasta el occipital, y hasta la cadera cuando me muevo de forma brusca, es un dolor como de golpear un metal, que vibra por dentro y lo escuchas aunque no lo veas temblar. Pero no hay por qué preocuparse, al cabo de una o dos horas deja de vibrar y me olvido de que me duele y de que mañana el dolor volverá. Tal es ésta, mi enfermedad.

 

 

 

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