Ciudad de pelo

La incertidumbre agota y apaga.

Muelles de ambición se quiebran, nervios cortados prolongan la tragedia del tiempo que aún queda, la última sinfonía sonó a abandono, los cálculos se cumplen, el techo se encapota a la hora prevista, las bombillas se desfiguran contra los bloques de hormigón y el deterioro se pausa.

Ropas enfermas caen al suelo sin preocupación, dos puños bailan uno contra el otro, el rubor se oscurece, deja de verse el punto final, deja de oírse el ruido interno del motor carnal. La sangre vuela brillante hacia los bordes del balcón, la luz se posa, desde la luna con ligereza en las cortinas, el aire sostiene el hilo blanco que une el cielo al comedor. Un cuerpo huye descalzo por el pasillo, huye del resto de la casa, jadeante termina mirando con cautela la rendija de la puerta del fondo, el vértigo se cuela en la garganta y, tras un ínfimo descanso, una ciudad de pelo se yergue abrupta sobre sí.

Las voces se cruzan sin dirección, un destino anónimo mastica lo que queda del sudor, respira sobre el flujo del parqué y, con distinguida pasividad y vigilia, se arropa con los pantalones de sentarse a colmar la inercia, de abandonarse a las previsiones monocromas de lo que ocurre en la siguiente habitación. Sin agitación ni estrías, los pliegues se estiran, elásticos rebotan hasta su postura natural —hábito escultural post-drama—, las manos y la desnudez palpitan, las bombillas recuperan vulgarmente la nitidez y… después, nada.

 

 

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