Celeste

Entra un ruido negro por la cocina, se precipita al fregadero y éste traga como siempre sin recato, tres mujeres mastican en silencio sobre un mantel floreado, hay tres vasos de agua templada y migas de pan por toda la cocina, parece que llevasen años sentadas en sus banquetas mirando la tela del mantel que cuelga hacia el suelo sucio. Algunos murmullos taponados por el ruido negro se dejan escuchar desde el patio interior que puede verse a través de la ventana de vidrio amarillento que hay al fondo, tras la lavadora.

Los gatos tiene la mala costumbre de colarse allí cuando las mujeres hacen la colada y ensucian todas las bragas y todos los calcetines. Suelen hacer sus tareas sin mucho más que algún comentario soltado al aire en forma de réplica suave. La casa se tiñe de verde y amarillo por las tardes porque el sol atraviesa con dificultad el polvo de todos los cristales, el suelo ennegrecido por los años y la falta de limpieza no refleja ni un ápice de luz, engulle toda la mugre y las pelusas que se dejan caer sobre él; las mujeres andan descalzas a ver si el suelo se las traga.

Parecen tres cadáveres devorados por las horas de una tarde de domingo, no pasean si quiera sus ojos unos encima de los otros. En mitad de las cosas bonitas nacen los horrores más lejanos a la imaginación humana; tres almas celestes regresan a casa.

 

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