Vesania II


Traga sin querer la tierra el lodo que vomita el hombre, violento, unánime como el ego: sucio, temprano, una masacre. No hay ojos que contemplen con tan serena estupidez lo que aquí, dentro del alma, ocurre. El escritor se refugia en la cúspide del Sol de invierno, en las esquinas con olor a orina, en los abrigos abiertos de los transeúntes cerrados. Una Venus de Milo estira sus brazos invisibles hacia el plástico que contamina el aire. Se resuelven sin más peros las matemáticas del cuerpo, un par de poros infectados cuentan cómo terminó la guerra cárnica del día contra la noche del mes de mayo. La aspereza de los lápices supura almíbar rosado, como el filo de un labio joven, como las uñas de un niño con hambre. Tú me recolectas en invierno y me pudro en primavera, y me ahogo con los charcos del tiempo que gotea desde tu barbilla de muñeco de acero, siento el frío de tus ojos al mirarme sin hostilidad pero sin ruido; sin más batalla que la de esquivar el resto del planeta concentrándote en el color hondo de mis pupilas enormes. No voy a huir de ti, ni a quedarme contigo. La inercia de postrarse ante los días que terminan arrastra toda la ignorancia de la que, con fe, carezco.

 

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