Arte etílico

Sobre lo que entiendo por #hashtag


En el fondo estético del arco etimológico de las palabras, yace el émbolo de un presente embocado a modo de mentira sucia, ruin, angosta. Eterna, la enervada risa célebre de boquitas mudas enterradas en la efímera poesía del dedo índice del mundo, al borde del colapso, breve, fúnebre, impoluto. Mira, cantan los ratones en esquinas de locura moldeada a imagen y semejanza del espectro humano. Perdidos en páramos de envidia y ruido, crecen los estómagos pequeños de partida, rosados y violetas, emanan como frutas de bosque en descomposición psicótica, torturan, engullen graves los dilemas. Obedece el templo del ánimo enemistado con la envidia del pobre encorvado; el suelo se ennegrece al paso del humano medio, del esputo esmerilado, de las lenguas como espejos de la sociedad divina, contemporaneidad: carne de pesadilla. No toques, obedece a tiempo, antes que el líder del cuadrado azul regrese a segregar tempranas pausas de ardor tenso. La piel de la vejez sobre mentes eternas, extensos minutos de avería errónea. Emerges del alba, del embudo del planeta mosca. Putrefacto el recto renglón de Dios, hierve. Corren en el pasillo los pesos abruptos, estremecidos por el último estertor directo al fondo entero y medio y vacío.

Vienen y se estiran las estatuas a pie de epopeya silente, cobardes grafemas espontáneos se elevan por encima del planeta, de la masa atmosférica; cuelgan colores de las estrellas que se estrellan contra luz solar en curso, crecimiento por impulsos del sistema nuclear óseo, empapados vuelven los planetas del viaje a la probeta del científico creador de poemas efervescentes, fluorescentes por si la oscuridad llega.

Se estremece la temperatura ambiente del presente, el futuro se niega, está sentado mirando a la espera, su esternón se humedece, las lenguas riegan y se pliegan hacia el estado de entrega tupido y con jerga envolvente. El deseo se encierra en masa cárnica que se restriega contra evanescencia ciega y horas de juventud fea, de belleza apedreada, de tormenta vieja; respuestas como ventanas en verdes llanuras esparcidas sobre huellas, muestras del paso funesto del hombre gigante, del ego errante, minúsculo, podrido. Brilla almíbar de cereza espesa en demiurgo excéntrico y balanceado entre  derecha perdida y curva errónea, cerrada. Echa colada blanca, espeso violeta violado, cuerpo de mujer entero, estirado, terso como tendones en éxtasis moderno. Sensación de luz exquisita en el ático del tiempo que se quede, que llegue leve al templo del dios verde, masacre en rostro divino, sendero masticado, muelas, planetas esmerilados, pétalos y pomelos drenados.

 

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