Otredad

No es difícil simular el morbo en cuerpo ajeno, estar desnudo en una sombra, tapado por la piel de una habitación; celebrando la otredad como si fuese un triunfo propio, una victoria densa en una mente de cartílago.


Nos gusta, porque así de imbéciles somos, que un Otro ocupe ese centímetro y medio de nuestra vida que no nos corresponde, el centímetro que nos separa de todo lo demás, del resto de las cosas, de la materia y los arquetipos; la transición estado-ausencia.

Cuando alguien se posa allí, durante un momento o unos años, esta transición se dilata, se vuelve espesa la arista que nos define como figura contra un fondo y nos empastamos, sin remedio ni resistencia, con el hábito de todas las cosas, con lo vulgar y condescendiente del mundo.

Si es de por sí lento el ritmo de crecimiento íntimo, en este estado de aglomeración, de existencia indefinida, puede notarse aún con mayor desesperación la ralentización del estado propio conforme a la estabilidad del espacio ajeno.

El día que sin previo aviso, o con minuciosa planificación, el Uno y el Otro comienzan a existir por sí solos, como si no hubiese habido nunca una necesidad imperiosa de existir coetáneamente, los límites se redefinen y podemos, frente al tedio del hábito, gozar de la excelencia.

 

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