Análisis introspectivo

Algunas veces, haciendo un análisis introspectivo totalmente improvisado, pienso, a disgusto, que nuestra identidad no nos pertenece —si a nivel de propiedad, pero no de autoridad.—


A menudo critico (in)conscientemente el recelo generalizado que la humanidad adopta como postura ante la tarea de analizarse a uno mismo y a los demás, dejándome arrastrar por el siguiente argumento: La ignorancia per se no es nociva ni peligrosa, se trata de una particularidad reversible —aunque su origen sea ineludible—, lo realmente peligroso es la falta de inquietud, a mi juicio, irreparable en tanto que es no una particularidad sino la naturaleza innata del hombre.

En última instancia, ésto significaría la justificación automática e irrebatible de cualquier acto humano con respecto a uno mismo, los otros o el medio; así como que la experiencia, por tangible que resulte, queda siempre supeditada al imperfecto filtro del raciocinio humano; lo que nos ocurre es ajeno a lo que ya somos y, en todo caso, sólo reitera la evidencia de que generamos juicios a priori, cribando después la experiencia sensible conforme a nuestros patrones preestablecidos.

Llegada a este punto me invade un sentimiento de arrepentimiento, vergüenza y anhelación del nihilismo.

Al estar argumentando de este modo mi descontento con la raza humana por esa evidente falta de compromiso con la capacidad reflexiva de la que gozamos, caigo en una falacia inadmisible; no puedo juzgar un hecho así con dureza y repulsión, argumentando precisamente que se trata de una condición innata e inevitable.

Inmediatamente, como un impulso de consuelo, me deshago del sentimiento de culpabilidad: aplico este principio a mi misma alegando que no tengo culpa, ni habría sido remediable caer en esta falacia si al fin y al cabo se trata sólo de una muestra de mi capacidad racional que, como vengo defendiendo a regañadientes, no obedece a mi autoridad o control.

Suelo en este punto distraerme con cualquier cosa, a menudo con el aviso de “Próxima parada” a los usuarios de tren o con algún insecto que revolotea demasiado cerca de mi volviéndose un estorbo dentro de mi espacio vital. Entonces no ocurre nada más, vuelvo a los pensamientos banales que ocupan el resto del trayecto y me proporcionan, por fortuna, el efecto de un opiáceo natural.

 

 

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6 comentarios sobre “Análisis introspectivo”

  1. En el fondo muchas cosas están justificados por los reflujos y contrarreflujos de una psicología de la que no somos culpables. Todos estamos dañados en algún aspecto de nuestra identidad que nos configura para actuar de tal o cual manera ante determinada situación. Comparto, en cierta medida, ese reconocimiento del recelo hacia la instropección del que adolece mucha gente, no obstante, no lo reputo de manera alguna como definitivo. En cierta medida, es refrescante el reconocer gente problemática porque en ellos veo cierta decencia y honestidad que me pone feliz. Como cuando uno se identifica mucho con un personaje de alguna novela o película, solamente que estos están ahí y te necesitan tanto como vos a ellos, y eso lo hace tantas veces mejor. Aunque supongo que ya sabés todo esto, expresado entre las líneas de tu breve texto.
    Particularmente me hace sentir un tipo de retorcida ternura por aquellos desafortunados que se dejan llevar por el camino del “mal” (concepto demás provisorio), aunque, como paréntesis a lo que acabo de confesar, no me considero demasiado transigente en la práctica con conductas de inescrupulosos que perjudiquen a terceros, si bien siento compasión por los primeros en cierta medida.
    Hay un escape de todo este laberinto psicológico creo yo, o al menos tengo fe en él -hasta el más antiteísta deposita, de alguna manera, su fe, en algo; usualmente en alguna contradicción- y es la “intelectualidad”. No tanto relacionado con el snobismo sino con aquello definido por Camus, uno de mis escritores y filósofos favoritos: “un intelectual es”.

    Capaz este comentario sea un tanto intrincado, pero estoy adormilado y aburrido, y, percibiendo algo que siento yo en lo que escribiste, tal vez este aburrimiento rutinario sea algo que compartas también conmigo y que tal vez puedas ahogar con algún soso comentario como el que ahora estoy escribiendo.

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    1. Lo primero, gracias por comentar y no te disculpes, es mejor estar adormilado por fuera que por dentro.
      Ya que mencionas a Camus creo que éste es un perfecto ejemplo de lo que él llama “nostalgia irracional y humana”; es absurdo en primer lugar intentar definir nuestra capacidad dentro de un plano tan ilegible (conceptualmente hablando) como es el mundo. Al final tratamos de definir a toda costa, y por una cuestión de macabra curiosidad, qué posibilidades tenemos nosotros dentro y con respecto al mundo.
      Como es obvio, mi posición es la de la predestinación llamémosla genética, divina o astral, según criterio y cultura, anulándose así por completo el concepto de “mérito” (si es que cabe en alguna parte) en el ser humano; posición absolutamente pesimista, sobra decirlo.
      Tampoco yo dictamino que aquellos cuyo destino es la quietud intelectual, por llamarla de alguna manera, pertenezcan a un rango de estimación menor, lo primero porque yo misma podría entrar en dicho rango (¿por qué no?) y porque no creo en la escala, sino en la distribución lineal, unos delante (en velocidad), otros detrás, nada más. Como intentar viajar a la velocidad de la luz; probablemente unos se acerquen más que otros por una cuestión de capacidades física y/o motrices (entendiéndose la metáfora), pero todos estamos en esa misma carrera.
      Lo que me entristece de esta valoración que hago del mundo es que me siento irreversiblemente estúpida y egocéntrica. Y que, aunque tras un análisis más reposado te discuta el concepto “estamos dañados en algún aspecto de nuestra identidad” (resaltando la palabra dañados), es en efecto en un principio, lo pienso o más bien siento como una náusea. Luego me calmo, no estamos dañados, tan sólo definidos. Cruel e inamoviblemente definidos.

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  2. “Un intelectual es un hombre cuya mente se mira a sí misma”. Entre los tantos errores que pasaron desapercibidos, y a causa de los cuales las disculpas que decís no te debo se acrecientan exponencialmente, el encerrado entre comillas más arriba, obviamente corregido, es el que más me ha parecido necesario aclarar.
    En cuanto a la terminología utilizada por mí en el último comentario, imagino que alguien con tu perspectiva sabrá percibir la faceta artística o, dicho de otro modo, extremadamente imprecisa o alegórica del lenguaje. Cada palabra es una pintura o un poema y, como todo arte, en su exteriorización se imbuye de “estilo”, variando éste, obviamente, dependiendo del sujeto responsable de dicha exteriorización; de cada artista, para evitar tantas divagaciones retóricas.
    Con todo, siento que al abordar cuestiones tan esenciales -y divertidas- como éstas, uno nunca puede evitar del todo ciertos momentos de desatención que originan vocablos tan infelices como “dañados”.
    Si algo útil he sacado de mi demás ordinaria y provisoria carrera (Derecho), es el concepto de la “interpretación del espíritu del texto”, al que me atengo en mayor medida. Discutir a nivel léxico me parece un bizantinismo insoportable.
    Está también el hecho de nuestra configuración astral. Personalmente soy Virgo, signo que tengo entendido tiende bastante a ser un tanto desagradable (pun intended)
    Pasando a otra cuestión, siento yo también aquella “divina equivalencia”, a decir de Camus, no solamente a nivel humano, sino prácticamente universal.
    En cuanto a cómo te sentís respecto a vos misma, actuando -si se me quiere permitir esta metáfora- tu posición filosófica como lente a través del cual te ves, espero sinceramente que ese menosprecio que de vez en cuando tenés hacia vos -el sentirse estúpido es una de las formas más comunes de menosprecio que he notado en las mentes lo suficientemente lúcidas como para percibir su auténtica naturaleza; mérito que denota una falta de estupidez alarmante- ocurra lo más de vez en cuando posible.
    Personalmente, no es mi perspectiva lo que me desasosiega; esa es una de las razones por las cuales no trato de modificarla. No obstante, sí hay algo que me causa una acuciada sensación de miseria.
    Siento que el mencionar esas sensaciones que te abordan ocasionalmente -y corregime si me equivoco- es solamente producto de un alma honesta. (Alma: concepto tanto o más provisorio que el de “mal”)
    No percibo necesidad alguna de compasión o de autocompasión, y admiro eso.
    No obstante, y meramente como consejo del que podés fácilmente rehuir si es que lo considerás inapropiado, te sugeriría que revises tu “lente” y veas si no presenta una que otra mancha o raspón, uno que otro “daño”.
    En cuanto a mí mismo, no estoy lejos de llegar a conclusiones o sentimientos como los tuyos, pero el absurdo que adopté, principalmente de Nietzsche, Camus y Cortázar, a los que vengo leyendo desde hace bastante tiempo, no me deja estar tan seguro siquiera de la miseria, algo que agradezco.
    Pd.: lo que me pone triste no es cómo veo al mundo per sé, sino como el mundo se muestra. Si bien puede ser una mentira de mi consciente, así lo siento y, como dicen Rimbaud: Je me crois en enfer, donc j’y suis.

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    1. En cuanto a tu aclaración sobre la terminología, no concibo otro uso de la palabra que no sea el sensible — artístico o poético, si esto queda más claro —, al menos en este contexto, en este blog o cajón desastre de pensamientos fugaces y otros más sopesados; así que no te preocupes por la interpretación, hablamos el mismo idioma.
      Nietzsche… lo tengo bien presente; desde que lo estudié por primera vez hace ya algunos años, mi postura fue de entusiasmo, minutos después: absoluto y repentino rechazo a su filosofía. Supongo que el “eterno retorno” suena insufrible con tanta carga emocional, con tanta ida y venida mental; todavía si todo fuese banalidad y deleite…

      El menosprecio del que hablas, el que percibes que siento hacia mi misma, en efecto, sólo sale de vez en cuando a flote, aunque siempre está ahí, es una estructura que me sostiene, no puedo desmontarla, por suerte o por desgracia; para mi por suerte, ya que me mantiene siempre con esa tensión necesaria para intentar avanzar otro paso en la batalla contra mi misma, gracia a ello escribo, gracias a ello dibujo y me baño en resumen en todos los campos sensibles o artísticos que puedo.

      Me gusta tu modo de enfocar las cosas, suenas crítico y a la vez benevolente. Destaco tu apunte sobre “la interpretación del espíritu del texto”, me parece un concepto tan abstracto como interesante, me ha inspirado, escribiré sobre ello.

      En cuanto a la autoconsciencia, “Je est un autre” me parece la más excelente expresión del mentado Rimbaud.

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