El espíritu del texto

A menudo me detengo más de la cuenta a existir dentro del texto; entonces las palabras se desfiguran, comienzan a interpretar un papel ajeno y propio a la vez.

He leído nombres de colores que son el exterior de lo interno, el fondo de lo plano, la efervescencia de lo apagado en las flores de Baudelaire. La rabia de lo leve, lo inconexo, lo poco, todo.

Se articulan todas con belleza, calan la humedad de unas, la aridez de las otras. Las palabras, dicen sin decir nada. Son alcobas, cuerpos, plagas, son espejos y surtidores, imprevistos, náuseas.

Observo estática desde mi posición neutral cómo bailan sus significados, su significante.


Leyendo el poema de Gabriel Celaya, Instantánea, en Movimientos elementales:

Alderdi-Eder,

19 febrero, 4 tarde

Tamarindos desnudos perfilados

contra el puro posible de la niebla.

Callando, se oye el mar que rompe lento

en las playas remotas de otros mundos.

Suspenso, el corazón guarda un secreto,

vive allí donde ya no es solo mío.

¡La pura posesión, la nada pura

en lo alto de un latido que no vuelve!

En 1947 no podía Celaya referirse a la subida de imágenes a las redes y, a mi, este poema —de haberlo leído en una plataforma digital, anónimo y desnudo de contexto— me parecería la maravillosa definición poética de una cuenta de Instagram. A mi, y a nadie más; por mi adolescencia tardía, por mi escasa intimidad, por mi obsesión con el poema de poliéster; a mi y a nadie más le parecería que es éste el tema a tratar.

Ahí reside el espíritu del texto, ahí adolece la autoridad del escritor, quien pasa desapercibido, incognoscible moldeamos su lenguaje hasta poder sentirlo nuestro, por una cuestión de adecuación, por la necesidad de sabernos capaces de comprender a cualquiera en cualquier parte del mundo, en cualquier momento de la historia. Es ridículo a la par que común, es lo humano, lo egoísta, la libre interpretación, la metamorfosis. La lengua del escritor está plagada de enfermedades, contagiado de tantos otros, de tanta inexactitud, de tantos disparates. Mas no habrá quién culpe, ni culpable alguno, pues el espíritu en tanto que inmaterial y esencia de las cosas, no puede moldearse ni dejarse de moldear.

Me siento libre, y eso me aterra, para hablar de cualquier cosa; me inclino a dejarme leer por desconocidos, desnudarme para ellos, dejar que me miren y dibujen, que vistan mis palabras con sus ropas, unas elegantes, otros las dejan casi desnudas, otros las visten del revés. No importa, nada de eso importa; nos comemos el vómito de otro, qué menos que poder elegir la guarnición.

Las palabras funcionan, vinculan a la perfección al emisor y al receptor, articulan la ambigüedad necesaria para el diálogo posterior (o póstumo según el caso). Idílicamente.

Lejos de que ésto ocurra, la interpretación suele funcionar como un problema, al final pierdes al lector por ser egocéntrico, abstracto o demagogo, por aburrido o sentencioso. Al final, te quedas solo hablando a la pared de píxeles de enfrente, escuchando como única respuesta sonidos electrónicos, palabras de máquina moderna.

Da igual, Celaya hablaba del momento difícil y oscuro que atravesaba la sociedad.

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4 comentarios sobre “El espíritu del texto”

  1. La simple noción del espíritu del texto, el simple hecho de tenerlo en cuenta, es lo único -o, al menos, lo principal- que puede evitar conversiones tan fatídicas como las de textos religiosos en excusas de crímenes; la deformación de la teoría darwinana en una ridícula apología al nazismo. El tener en cuenta que alguien dice las cosas sólo en la manera y en los límites en los que puede hacerlo; que no todo está al alcance de la mano, puede salvarnos varios de esos episodios trágicos que sobrevienen a la incomprensión. Algunos tan ocasionales como el genocidio, otros tan mundanos como la soledad de un hombre que no se siente comprendido.
    Es ciertamente indiscutible que la “mutación” de las ideas no es un proceso indetenible -en el fondo ninguno lo es-, pero, como siempre, es la tarea del hombre el “controlar” a esta particular manifestación de la entropía como lo es la mutación de las ideas, de los conceptos, al menos en cuanto a la “interpretación correcta de las mismas” (correcto/a – otra provisoriedad, concepto que tan sólo es cierto en la medida en que se reconoce que es meramente aproximativo), si guarda el deseo de persistir en la existencia.
    Me gustó mucho tu texto, un enfoque diferente al mío pero igual o más satisfactorio tal vez por esa misma razón.

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    1. Claro, sé que el enfoque no es el mismo desde el que tú hablabas cuando salió a colación en aquella conversación, tan sólo tomé como referencia el concepto (me figuro que más propio de la rama social que de la artística) y lo trasladé a una reflexión subjetiva, probablemente absurda y, como siempre, lírica.
      Sin duda me faltan conocimientos dentro de tu campo, y no puedo hablar con la misma propiedad de esos temas que mencionas, no obstante vuelven a parecerme interesantes e inspiradores así que, de nuevo, gracias por el apunte.

      Le gusta a 1 persona

      1. Creo que tu reflexión es absurda sólo en la medida en que es honesta (ser honesto hasta las últimas consecuencias siempre lo es). Lo social es aburrido. Lo mío tampoco pasa del lirismo. Y no hablaría de nada jurídico fuera de la facultad como no lo hago dentro de ella.

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