La existencia de una alfombra


Hay tantas cosas delante de mi, pasando las horas conmigo en esta alcoba: hay plantas, cojines y juegos de sábanas estampados, hay unos zapatos en el suelo, una ventana, un armario, cajas y libros. Hay una silla y hay una alfombra.

Observo con tranquilidad la alfombra redonda que sobresale por debajo de la mesa, es como la lengua seca de un suelo cansado. Está ahí tumbada mirando al techo, o al suelo, no lo sé, no distingo la cara y la espalda de la alfombra; hay objetos que me cuesta mimetizar con el hombre. No me ocurre lo mismo con la silla que tengo delante, está de perfil, puedo ver en ella una figura humana: si la miro desde atrás viendo sólo el respaldo y las patas, siento ver a un hombre delante de mi, dándome la espalda, erguido, serio, observando seguramente algún acontecimiento importante. O la almohada que tengo al lado, sé que está tumbada sobre la cama, con su nuca reposada (como yo reposaré la mía en ella) sobre la dureza y suavidad del colchón; puedo intuir su cara, sus rasgos al dormir mirando hacia arriba.

Pero la alfombra no me deja conocerla, por alguna razón que no comprendo pero que me parece intolerable, este objeto se resiste a mostrarse tal y como es, permitiendo que quien lo observe sepa qué tiene delante y cómo ha de interactuar con él.

Claro que la ambigüedad física existe; bien podría ser, la alfombra, el objeto más simple y absurdo de toda la alcoba, de toda la casa. Podría ser simplemente como uno de esos hombres con cara de bobalicón que te cruzas en el tren, o en unas escaleras, o en un cementerio. Uno de esos hombres que no son más que lo que de ellos se ve; pero yo me empeño en creer que hay algo más, doy por imposible la posibilidad de que no haya en ellos nada más que existencia física, me sentiría muy arrogante si pensase que ellos no son conscientes de su propia existencia y de cómo se proyectan hacia fuera.

Bien podría ser la alfombra como uno de estos hombres que al final, tras mucho sopesar y con amargura, determino que, en efecto, no son más que lo que son físicamente.

Lo cual me conduce a pensar en algo infinitamente peor: yo soy más ellos que ellos.

Puesto que sólo son lo que ocupan, lo que se ve, y ellos no pueden verse (sí en un espejo o bien pueden ver sus manos, sus pies, pueden mirarse el ombligo, pero no percibirse de forma matérica como les percibo yo); si no sólo no son conscientes de su existencia, sino que además no se ven… ¿qué notan ellos de estar vivos? Yo noto más su existencia que ellos, puedo verles y sé que son. Ellos no pueden. Como esta alfombra. Tan tonta ahí tirada hacia algún lado, mirando a alguna parte, siempre en esa posición horizontal tan aburrida, aplastada contra el suelo en esta alcoba, en esta casa.

Quizás es como todos esos hombres, se muestra como es y, es tan poco, que ni siquiera tiene un rostro que se pueda reconocer; quizás no sea un objeto de personalidad intrincada, como yo quiero creer, quizás sólo esté ahí sin más, existiendo.

Existiendo desde mi hasta ella.

A lo mejor existe gracias a mi, porque yo la doto de dudas, de preguntas, la lleno de posibilidades; si cabe una entre un millón de que sea algo más de lo que simplemente aparenta, será gracias a que yo concibo que cabe tal posibilidad, será gracias a mi fe que ella pueda existir en otro rango, alcanzar la figura de hombre, aunque no haya nada de éste que una alfombra pueda envidiar…

Y, sin embargo, si es lo que se ve solamente, sin metafísica ni trascendencia, será gracias a que yo, a que todos quienes la observamos, la vemos como un objeto cotidiano, material sin más.

Sería mucho peor para ella que la considerásemos humana, que la obligásemos a hablar y a escucharnos, a confesar cuál es su cara, hacia dónde mira, hacia dónde lleva mirando todos estos años en esta alcoba, en esta casa.

 

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