Pintura metálica

No hay catedral que no roce contra el cielo gris con aspereza y desafío como si quisiera llegar más alto, abarcar una arquitectura lo que el mundo entero es.


Cuando observo un edificio de cualquier categoría, se asemeja a un hombre que siempre ha vivido encorvado y, ante la mirada de los transeúntes, se yergue pretencioso para no caer en la fatal resolución de la compasión. Se estira hacia el cielo y desde allí arriba baja sus ojos hacia nuestras cabezas, hacia nuestros escotes y nuestros zapatos relucientes y desde allí, alzado pero arrugado por dentro, nos hace creer que se siente poderoso, como un Dios de hormigón y pintura metálica en una ciudad de carne y vegetación.

Lo habitamos sin decoro, con la única premisa de apoderarnos solemnemente de él, porque nos pertenece en tanto que es un Dios de materia, un tótem fabricado para nuestra propia disposición. Maltratamos sus tripas, paseamos por dentro de su cuerpo tenso, de sus dolencias, cubrimos sus órganos con alfombras granates, con cortinas de ducha plastificadas, con radiadores que queman sus apéndices, que desgastan su piel robusta. Amoldamos su cuerpo al nuestro y, lentamente, nos rechaza; nos hace sentir poco a poco incómodos, se agrieta en algunas zonas blandas, chirría de noche, oscurece sus partes de madera, alquitrana los electrodomésticos, mastica y aja las telas, se ensucian las ventanas y forma monstruos grises de pelo y algodón debajo de los muebles, tras las patas de las camas, en las esquinas de los pasillos bajo los marcos de las puertas.

Y nos resistimos, continuamos con la amenaza, atacando su organismo, forzando a ceder su complexión maciza, su soberbia de hombre mayúsculo. Y, mientras se retuerce por dentro, mientras envejece sin remedio, se yergue cada vez con más ímpetu para no dejar creer a los hombres que han conseguido dominar sus cimientos, su naturaleza inamovible condenada al fracaso.

 

 

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2 comentarios sobre “Pintura metálica”

  1. Te juro que serías mi libro en una isla. Es la cadencia de la escritura -no me extraña, viéndote la muñeca-, es cómo amalgamas el vocabulario, con el fluir de la lectura rápida… Es magia. Es escritura. Ojalá fuera editor y tú tan jipi que hicieras una novela; y otra después para tenerme ocupado entre tus letras. Y ya me callo porque ésto se va a convertir en un besaculos, y no son horas. (No he dicho groserías).
    A tus putos pies.

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