Salivar y el ego

A tu musa también le duele la carne, aunque parezca hecha de océanos, sus membranas también supuran; merece sólo poemas viscerales, que su cuerpo sea un charco que gotee sobre tu blusa impecable, sobre tu piel sin habitar.


Observo a todas esas personas que caminan por la calle, todas llenas de sexo, de humillación. Todos viven con esas lenguas dentro que no paran de moverse, que no paran de estar quietas. Me siento devorada por su pasividad, siento que sus ojos me comen al no mirarme. Van demasiado ocupados para observar, tienen demasiado morbo pegado por dentro, como una ventosa que les produce hipo al respirar, necesitan sofocarse, sudar…

A todas esas personas les entristece la infección de su esclavitud; preferirían andar confusos y cansados, detestan no ser los protagonistas de sus éxtasis imaginarios. Abortar en líquido espeso las crisis de valores, columpiar la magnitud del cuerpo sobre el dilema onírico, escuchar la fiebre creciendo sobre la espalda… Todo ello les distrae de lo que ocurre sobre las calles. Sus ojos brillan hacia dentro, donde pueden contemplar perplejos y excitados aquello que no ha ocurrido, aquello que les convierte en lo que son: trozos de nada destilados.

El tiempo le come a tu musa las piernas, la deja troceada en el lavabo, salta por la ventana y entra en los pensamientos lila de esos adolescentes que viven en los cuerpos de los seres humanos.

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