Tú no eres mi piedra


No pretendas— le dije— acercarte a mi cuerpo para quedarte a vivir en mis centímetros.

Y se reía.

Hoy voy a enredarme con todos estos hilos que me cuelgan de los ojos, déjame que me llueva la lengua, todo va a cambiar si me quedo pensando, tú no eres mi  piedra.

Y seguía riéndose.

Me chirría que me devores sin mi permiso, estas encías no te quieren; vuelve lejos, a tu hoyo, a esa carne que te habita.

Lo imagino charlando con cualquiera, diciendo frío: Mira esa columna vertebral tan anodina curvándose como mantequilla sobre las sábanas… Y riendo.

Polilla… siempre atascado entre dos piernas, hueco.

Lo único que tenemos en común tú y yo es que no estamos muertos.

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