Coca-cola emocional

Voy a encontrarme con él en el club más barato y cutre de la ciudad, donde la mitad de los neones suelen estar apagados, los azulejos están atravesados por añicos y humedad, el papel higiénico es Albal y la música no se escucha con el sonido de la maquinaria y las copas reventándose contra el suelo.

Es mi lugar preferido para viajar y allí voy a encontrarme con él cuando mi cuerpo me lo permita. No tomaremos nada porque el borde de las copas siempre corta o va pringado de pintalabios; no es un club de alterne aunque lo pueda parecer, sólo es un local con bajo presupuesto y unos gustos poco refinados, aquellos que lo frecuentamos no solemos reparar en su realidad, es un lugar para otras cosas. Ya hay demasiados lugares bonitos y elegantes donde siempre huele a botánica y champagne; aquí huele a humo y vapor, a efervescencia emocional.

No hay ni un espejo roto o salpicado en todo el local, ni picaportes en las puertas ni ventanas, no hay un solo mueble que encaje en el espacio donde está tristemente colocado.

Éste es mi lugar preferido y allí le voy a llevar, a sentarle en una silla con olor a Coca-cola, a contarle lo que tengo dentro y mirar cómo se mueven sus ojos intentando verme el paladar. A fascinarme con su sombra proyectada en el mantel de papel que cubre pobremente la mesa de plástico fijada al suelo con celofán, con más de doce vueltas de celofán, hay muchos ladrones que van a robar interruptores, mesas y paquetes de cerillas a la mitad. Iremos allí y yo tendré apuntado en una servilleta, debajo de “Gracias por su visita”, un listado de todo lo que quiero contarle, ya se sabe… hablar de fantasmas, espejismos y virginidad.

Pero aún queda mucho para que pueda llevarle al local a rajar. Tengo que adelgazar demasiado aún por dentro para ponerme a la altura de su desvestida boca de tallo, de sus palabras etéreas, que se posan con hambre sobre mis gruesas piezas azules. Pasa de arriba a abajo sin cuerdas ni instrumental, y yo aún necesito tanta tierra para caminar…

Él es el verbo de las cosas. Yo soy agua /húmeda, fría, incolora/, él es fluir. Yo soy el miedo /oscuro, tenso, pesado/, él es esquivar.

Estar sentada frente a sus hoyos ahora, rozando cristalitos con los pies, ajando las tarjetas de visita que se ponen junto al servilletero, ajena a los zumbidos de las barras de neón fundiéndose sin reparo, ajena al humo que repasa el suelo, a las chicas de alrededor a las que les asoma el sujetador, ajena a la escasa intimidad que proporciona esa mesa redonda pegada al suelo con celofán, sería el mejor contratiempo para un día tan corpóreo como esté, desde donde no le puedo rozar.

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