Espacio desnudo de humanidad


No hay apenas tráfico en esta poesía donde paro a estirar las piernas, a preguntarme por las formas de la luz, no hay apenas curiosidad ni tiempo ocurriendo, ni marchas ni odas felices, y el olor de este hostal me recuerda a otras letras que ya había leído, que ya habían muerto en otras gargantas de desierto.

Un viejo pasea por la puerta trasera, la que da a la gasolinera cerrada, se mira a cada paso las puntas de los zapatos; no va a venir hasta aquí, me ha visto pero no va a venir hacia mi, con la cara que tengo de estar menguando por dentro, él no querrá, ni nadie querría, acercarse a alguien que está a punto de consumirse.

La luz incide con gracia sobre la esquina de la acera, roza la alcantarilla e inunda, de ella en adelante, el resto de la carretera ondeante y eterna. Se escucha, como se escuchan en todos los poemas, chicharras quejándose del sol. Nadie viene, no a menudo, a este lugar de verano sereno, a esta palabrería inaudible, a este espacio desnudo de humanidad. Y el viejo camina en círculos, consumiendo el tiempo lento de los alrededores del hostal.

Hay camas allí dentro donde se habrán comido jóvenes hambrientos de piel o donde habrán dormido niños hambrientos de bollycao. Y no se admiten perros, ni prosa, ni mordeduras, está claro que no es mi lugar. Sólo he parado a repasar el proceso de la humanidad, a mirar todo lo que me queda o lo poco que me queda ya.

El viejo ha desaparecido, sólo quedan las chicharras.

 

 

 

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2 comentarios sobre “Espacio desnudo de humanidad”

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