Manos y rellanos donde golpearnos

Podrías ser un vestido de Gustav Klimt para mi esta noche, y abrazarme y colmarme de tu mejor mierda poética y no desnudarme con las manos, como siempre, no desnudarme, sólo vestirme. Y yo podría portarme bien, por una vez, quererte un poco y darte a catar mi pelo y no la piel, y mi voz y mis anillos. Arrancarte toda posible brevedad.

Seguro que nos gustaría sentir alguna vez el peso de nuestra existencia y colmarnos, cercanos, de distancia. Para poder mirarnos. Nunca nos hemos mirado, eres esa piedra sobre la que duermo a veces, eres esa estalactita que decora mi cuarto lleno de cuadros de Dalí, y nada más, ni mucho menos…

¿Para qué, mi amor? Teniendo manos y rellanos donde golpearnos, teniendo tiempo en nuestra contra, tiempo que no hay que malgastar más que el uno contra el otro.

Ya son tristeza estos dos cuerpos tan pegados, feelin’ blue, cada noche te lo digo. Pero no ves más allá de los brazos retorcidos en que mezo tu vientre, no ves luz; no habrá luz, quizás, en mi…

Somos pasteles de asqueroso caramelo, desde fuera debemos parecer el mejor trailer del año, qué ironía, con el daño que nos hacemos, al desvestirnos y al irnos. Para mi tu mejilla es poesía, para ti la poesía es una invención del gobierno que nos cierra las piernas, nos alarga los vestidos y nos lleva a galerías contemporáneas a observar lienzos surtidos llenos de cátedra obsoleta y sexo descuartizado por el dogma estético.

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