Dos trenzas y un jardín


Estas manos que brotan hacia tu boca podrían escribirte hasta saciarse, pero luego ¿qué?, habiéndote dejado ya vacío de posibilidades, vacío de todo lo que no seamos yo y mis maneras enfermizas, habiéndote ensuciado con mi proximidad, ¿para qué? si allí, lejos, nunca, es como yo te quiero.

Te quiero si contigo puedo estar sola, si vas a peinar mis dos trenzas y el jardín y luego a dejar que roce, con mis partículas, la levedad. Pero tú, que llegas como llegan los tallos a la tierra: desde dentro; tú que prefieres que muera por el morbo antes que por la paz, quieres dejar que la curiosidad mate a mis gatos.

Yo quiero que le quites a mis girasoles la ropa interior, que dejes que te bese en el Renacimiento, que observes desde lejos mi cara de querer llorarte. Desde lejos porque si creces cerca y pisoteas mis flores, nos habremos ensuciado para siempre de una distancia ausente de la que no podremos prescindir, una distancia que una de forma enfermiza nuestras dos soledades.

 

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5 comentarios sobre “Dos trenzas y un jardín”

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