Droga azul

Aún tengo las bragas de su comunión apolilladas en el armario, y me recuerdan a una tarde larga del color de algún Sorolla.


Tenía una droga azul que le brotaba por los dedos, tenía la mirada seca de un hada; yo siempre la observaba ocurriendo despacio bajo el delantal, la veía rozar con disimulo sus dedos contra la brevedad.

Y, aún a riesgo de perderla y no volver a observarla, yo la empujé al vacío que es donde quería bailar, ahora la busco donde ya no está, echo de menos sus piernas en soledad bañadas.

Aún la escucho lento alejarse hacia algún rincón de otra vida, donde estará bañándose en otros tonos de saliva. Sé que sus motivos eran flores más grandes que mi inmensidad, y que era ridículo mirarla con estos ojos laxantes que la odiaban.

Yo estaré siempre donde sus ojos quieran posarse, viviendo en este espejo que aún me recuerda a su culo, confundiendo el terciopelo con la espiritualidad. Curvar de nuevo su espalda sobre algún lugar que no exista fuera de mi enfermedad, hablarle de ella a los nudistas de la playa de Zarauz.

 

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