Intimidad laica

Siento la virginidad de todas las cosas que me rodean en esta intimidad laica; es opalescente y serena y está divida entre la crueldad y el arte. Hay una inercia transparente que evoca el matiz de su pureza y, con una tímida levedad anaranjada, yo rozo sus pétalos hambrientos de nada, sus ojos tranquilos como perlas ya pulidas y sus lenguas marmóreas portándose serenas.

Y no enredo nada en sus claras melenas onduladas y esponjosas, en sus cuerpos rizados próximos a la ventana; no invado sus esquinas, tan blancas y amarillas, apoyadas con cuidado sobre un tiempo que se extingue. Miro cómo sus hojitas de palmera envejecen, pero siguen nítidas y tersas sus curvas y niñerías.

Y es, esta temperatura tibia y constante, de la que extraigo mis colores y mis kilos de algodón; y sobre su imagen, blanca y pequeña y desgastada, ocurre el resto de mi vida, que es una flor sin maquillaje.

 

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