Breve tierra


Está desnuda y peina toda la tierra que ha crecido entre su pelo en los últimos años, está desnuda e, incluso así, se le mueve la falda. Sus ropas de polvo de canela ya están lejos de las rocas sobre las que llora en armonía con un pez que vive dentro de sus ojos de palmera. Todo es agua que penetra, hiedra que se extiende lenta sobre el puente oscuro que une sus facciones a la tierra. Crecen árboles inmensos en su pensamiento fértil, luces blancas atraviesan su cordón umbilical y observa quieta, a la espera, un oscuro escarabajo que camina en dirección a su sonrisa. Mece, sin mecer las cosas, toda la existencia que se encuentra tras su vientre, cuelgan uvas de su boca, flotan cítricos maduros bajo las hojas de su piel laxa, pero parece ella quien flote bajo el resto del mundo sujetando, sin tocarla, la eternidad entera.

Rubio y rizado su cuerpo se extiende por las montañas más pequeñas y en las grandes apoya con cuidado los ojos. Moscas pequeñas, que a la luz son naranjas, atraviesan grietas mullidas que se extienden sobre su cuerpo, todo se vuelca entero sobre los pliegues y las yemas de su belleza amarilla. Tiende verdes hojas a la luz del sol del lunes, seca ostras encogidas por los años a la deriva en una cuna acuática; y ama todas las virutas del pensamiento ajeno y de los horrores propios. Se tensa leve, ella desnuda, tras todos los fragmentos de las horas que pasan, y siente los frutos de la vida emanando de otros lagos que sus ojos aún no ven.

 

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