Raza plana y disonante

El sencillo diámetro de estas mentes secas, atadas a los grupos diarios de palabras insolentes e infantiles, explica la distancia científica y salvaje que existe entre un cuerpo y su función. No requiere explicación sólida y exacta porque, probablemente ni la haya, ni le importe a nadie; lo innegable es que esta deleznable sobre-cortesía tiene color y temperatura: siempre un absurdo bermellón que baña las ideas en paja y lo sublime en mediocridad.

Podemos utilizar nuestros grafemas naturales para empapar cientos de faldas, para estropear amistades y para ordenarnos por raza, para progresar entre la nada y la miseria y poder, mientras tanto, fumar tabaco.

Columpiarnos sobre un tumor que se ahoga bajo la perspectiva de una sonrisa complaciente es como querer tener hijos viendo porno; pero para eso somos humanos, para sobrar, para ser objeto de burla, para evidenciar la inevitable naturaleza pobre y costumbrista del usuario medio que conforma nuestra raza plana y disonante.

 

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