Tres flores


Esa tarde, o esa noche —no puedo precisarlo porque últimamente mis días se empastaban sin belleza alguna en una mancha homogénea de sensaciones cultas pero absurdas— nacieron tres flores sobre mi.

Sentí la primera llegar desde la garganta, haciendo un ruido como de cascabel bajo el agua, trepó literalmente por mi lengua desgarrando mi escaso apetito, hasta que escuché asomar su flequillo, naranja y despeinado, por mis labios entreabiertos y confusos.

Me llevé de inmediato los dedos a la boca para extraer de ella a la inquilina caliente, y al  tirar sentí, con horror y asco, que estaba atada por dentro hasta el final de mi cuerpo. El tirón venía directo desde la superficie de las bragas y al apretar entonces, de forma instintiva las nalgas, sentí que entre ellas algo me hacía cosquillas. Cuatro pétalos morados con las puntas curvadas emitían con calma, desde mi culo, un jardín como un orgasmo.

En este absurdo instante de enfermedad vegetal sentí, sin motivo aparente ni mucho menos lógico, la felicidad eufórica que debe de sentir la primavera cuando nace; y todos los rayos de luz parecían trazar una línea perfecta sobre mi corporal estación repentina.  Todo era incómodo y ligero, bello y lento, como cualquier otro drama.

Miré, por puro morbo, mi cuerpo en el espejo y me pareció tan igual y diferente como siempre; y entonces, posando para mi misma en aquella superficie pulida, ocurrió una última cosa que tuvo todos los posibles tamaños y colores: mi mente estaba siendo surcada por ideas inútiles o autocomplacientes, cuando de pronto sentí un pensamiento amarillo, con sus naturales ojos oscuros, envolviendo toda mi capacidad de raciocinio. Y mis palabras y mis coordenadas se tradujeron a pistilos y hojas; todo mi pensamiento se volvió una fotosíntesis.

Y allí, en mitad de una habitación con espejo, sentí todos los insectos de la tierra nacer al mismo tiempo; me llevé las manos a los pétalos y con ingenua inquietud me masturbé bajo la tierra.

 

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7 comentarios sobre “Tres flores”

  1. No sé qué o quien conduce mi mente cuando te leo, es posible que no te entienda pero no me impota ni me obsesiona comprender cuando me sumerjo desnudo en las letras. Me das miedo a veces, te confieso; y de tan orgánico hasta un poquito de fiebre esa fotosíntesis. Escribes como quien mueve las lentes de una cámara y sus filtros: de una panorámica a una macro zummm.. y en tu tierra húmeda erupciona un volcán de hormigas por las piernas, y un orgasmo es un vómito, y de un molusco puede emerger una venus o una flor carnívora. Poder leerte de nuevo me alegra tanto.

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    1. ¿Qué clase de miedo? A mi eso me parece bonito, si tan dentro te llego… A mi me alegra el dibujo de todas tus palabras, creo que entiendes bien el movimiento de las hormigas lascivas y de los cuerpos metafóricos. Es una suerte tu mirada.

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  2. Siempre he querido ser la flor que te jala desde dentro, ya sea como experimento para matarte todas las veces que te pones verde del aburrimiento, efervescente y brillante, como oro en riachuelo y las manos sumidas en el agua, en tus aguas.

    Desmembrarme como pétalo muerto y recoger tus labios para atraparme antes de caer en el azul del abismo, resonar entre tus pliegues y todos los orgasmos agudos de un coro carnal se abran en tu boca y vuelven, envueltos en mariposas.

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