Flaco y silvestre


Enamorarme de un niño flaco y silvestre, y muerto. Quererle donde no está, sentado sobre las macetas de mi casa; sentirnos lejos de la maternidad, humedeciendo todas las cosas, mirando a través del pasillo cómo se lava las manos, cómo me escucha mirar.

Rodearnos de versos la boca, padecer las flores primero y, después, los albornoces y el delirio sin pestillo para no-estar. Peinarnos, desayunar desde abajo; condenarnos a todo lo no-gubernamental. Y desaparecer, cualquier domingo, acostumbrándonos a la presencia de la sombra.

 

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