Vesania IV

Crónico y pálido como todos los charcos de las empapadas rocas vitales que se pudren en un flujo sonoro y cíclico, siempre bañadas en una herida etérea que supura hacia la agnosia. Desborda una lenta ingravidez, preludio de vientres irrecuperables, de zonas amaestradas contra la gloria. El ente que surca su propia sangre, sabe y saborea, está y retrocede sobre la blanda luz de un nacimiento azul que se desborda por la patria de un otro más eterno, más suyo.

La carne va por dentro y el estómago recibe los maternales bultos de un dolor que no se acaba;  un grito abajo, un golpe arriba y un enorme círculo que se aleja de lo negro y lo apacible.

Esta tierra nuestra que nos habita en las tetas descoloridas, en los palos invisibles del eterno blanco fallecido, cuenta con lentitud suprema y tibia los colores de uno en uno, los colores que se pudren bajo su excelente superficie de instrumento desnudo, ciego y amargo.

 

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