salones con luz

2017-01-27-02-16-42-1


No sé cómo abordar el tema; estoy desmigándome a la velocidad a la que se reproducen las moscas. Siento desprenderse la poesía de las palabras y todo me resulta absurdo, porque con la forma mullida de un labio inferior o el grosor azulado de la cenefa de un cuarto de baño es suficiente, y no hay nada de estas cosas que pueda o deba decirse al respecto. A veces siento ansia por tener otras sensaciones distintas a las que ya tengo; entonces me imagino un cuadrado de terciopelo y la sensación de ahogarme con él, y otras veces pego dos dedos al flexo de la mesa y dejo que la luz atraviese toda su masa, viendo roja la carne, la uña, las venas a través. Y no hay nada que decir al respecto de esas cosas corrientes que, a veces, uno hace. Pero, ¿de qué voy a hablar sino?, lo bello no lo distingo entre lo ordinario y lo lánguido. Sólo observo, a menudo con detenimiento, la esquina de un mantel, los cuerpos de las manzanas, los aros de los que cuelgan los marcos de las fotos. Cualquiera diría que qué absurda la división de los objetos poetizables y los objetos sin más; yo les creo, ¿qué separa a la oda del ratón?, la inmortalidad de la una y la muerte del otro, supongo. Todo lo siento en ese hilo entre el ojo y la materia, lleno de nudos y formas en las que incide la luz. Por eso, este jarrón único en el mundo, lleno de flores o no, esta cuchara oscilando sobre la mesa, este lazo granate para sujetar el pelo, son todas cosas relativas al alma y no al cuerpo que las describe con respecto a sí mismo: grandes o pequeñas y bonitas, horribles o normales, sucias, limpias, todo culpa nuestra, siempre intentando hacer todo más grande, siempre pensando que, si algo puede dotar a las cosas de magnificencia, somos nosotros los endebles humanos, habitantes de salones con luz.

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5 comentarios sobre “salones con luz”

  1. El borde del mantel recorre de forma sintética lo que antes fuera algodón puro o hilo de lino y nadie sabe o al menos piensa que por cotidiano sea, hay siempre poesía. Urdimbre de palabras en egipcio u otra lengua dieron origen a ese deseo de cubrir una mesa de madera nativa, “llanto incluido” por su muerte y recordarnos que estamos en ese borde que divide nuestras cotidianas vidas, de las vidas dadas por muertas para saciar las hambres totalitarias.

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