los poros y lo falso

2017-01-17-06-51-28-1


He sacado del armario el antiguo joyero de mi madre; tiene tres cajones diminutos, almohadillas alargadas para los anillos y un espejo ridículamente pequeño en el que sólo alcanzo a verme un ojo, una oreja o la raya mal hecha del pelo. Me he probado un anillo dorado, probablemente falso, simplemente bañado en esa mezcla amarillenta, parezco una mujer casada con una aleación de cobre, de estaño y de pena. Después me he probado todos los pendientes que he encontrado, los más elegantes, los más vulgares, me parecen todos iguales. Unas perlas aburridas, nacaradas, gordas, no dicen nada de mi cara, ya de por sí inexpresiva o falsa. Este espejo es inútil como todos los demás, lo arranco, le observo las líneas que ha dejado en su reverso el pegamento en forma de gusano, esa plasta viscosa que lo mantenía adherido a la madera. Ahora me gusta más, sacado de su contexto, un rectángulo reflectante suelto, en cualquier parte, en ninguna, solamente reflejando lo que pase por delante. Juego con él y sus esquinas y al incidir la luz del sol desde la ventana directamente en mi cara pálida y rebotar ésta contra el espejito de princesa, veo mis poros abiertos reflejados en él, todos los poros profundos de mi nariz, ahí formando líneas adolescentes y banales. El juego termina igual que empieza, con un joyero antiguo en un armario y mi cara de hoja mirando al sol.

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