Los dedos del tiempo

Abrí los ojos.
Líneas de luz azul que no llegaban a converger, se trazaban casi como una seda rozando las curvas del gotelé.
Era una arquitectura prácticamente perfecta generada en las celdas de la persiana; y mis ojos los discípulos que rezan a los matices de su obediente serenidad.
La industria química hubiese descubierto una nueva droga de haber estado aquella mañana en mi habitación.
Tras largo rato, despojada ya de esta fotosensibilidad, eché a andar por el pasillo, guiada por el olor de un cadáver de café.
Llegué sin prisa pero sin demora — porque todas las cosas que han de ocurrir han de hacerlo en un instante concreto y no en ningún otro, a fin de no dejar en manos del azar lo que al destino concierne — a la cocina iluminada por esos tubos fluorescentes que tiñen de blanco el aire. Contra éste, unos posos de café me esperaban en una taza fría, como siempre, como debía ser.
No sé si os habréis fijado, pero por el magnífico espectáculo de reflejos que ofrecen las cucharas del desayuno, de no ser porque sé que son metal, juraría que son no una sino la más importante de las fuentes de luz.

En estos y otros pensamientos me hallaba orbitando cuando noté de pronto, atravesando el dedo corazón de mi mano derecha, una electricidad tan honda que me oscureció el aliento.          Miré: mi piel comenzó a ennegrecerse como si morir fuese su destino; pinchazos secos perforaban los huesos de cada uno de mis dedos, sentí que éstos eran ahora de cristal y que en cualquier momento caerían al suelo esparciéndose en mil añicos. Las uñas se agrietaban y empalidecían; se entregó mi mano a la vejez, al fin; y allí delgada donde la vi deshaciéndose, la arrebaté de un tirón sintiendo la fuera de algo que me soltaba contra su voluntad.

Mis dedos recobraron su color, pero mi cara se tiñó de gris.
No logré apartar los ojos de los azulejos color crema de la pared; algo que entre ella y yo se interponía, a pesar de no ser visto, me miraba desafiante con los ojos con los que miran los muertos.

Y así permanecí hasta que volví a respirar inhalando de golpe todo el aire que me había faltado durando lo que parecieron años luz en mi cabeza.

Entonces advertí un ente encorvado como un acordeón sin aire, con el alma desencajada, que de no haber sido por su falta de ojos, habría jurado que estaba llorando.
Lo sentí — porque no me atrevo a asegurar que llegase a verlo — y al cabo de unos segundos advertí que lo que frente a mi se hallaba era el Tiempo, que había decidido pararse aquella mañana en mi cocina.
No pude ver su rostro, pues tiene miles o quizás ninguno; tampoco vi su color. Pero fui capaz de ver que se sentía como un monstruo, como un alma sin vida.

Él había hecho con los versos lo que hace Dios con los ancianos: Él, “que camina por dentro de nosotros”.
Él. Aquí estaba frente a mí como un Enero, esperando de mí, no lo sé, tomar mi cuerpo, ser yo el Tiempo, su desgracia, su silencio. Mis dedos se gastaron en sus dedos; en su túnel mis recuerdos han ya muerto.
Entonces le miré y me violenté: —“Dime, ¿eres una herida? ¿Vienes a entregarme la calamidad divina que me ha sido otorgada?
Oscuro me miró, tornó su no-rostro en mi cara, y lo último que escuché fue

“Pues la más grande tristeza que puede sentirse
ha de ser ver que las personas se acaban
y tú persistes.”

.

Marionetas en el pasillo

Y… “sobre el denso fondo de mi alma ese recuerdo no ha palidecido”.

Era domingo, al menos en mi mente. Nubes de color gris y amarillo se extendían sobre la calle que alcanzaba a ver desde mi ventana; algunos árboles de los que colgaban restos de hojas secas, sillas de bares amontonadas con prisa en una esquina, comercios vacíos, coches y cubos de basura. Pasaba de vez en cuando alguien corriendo bajo la tormenta que duró escasos veinte minutos y que empapó por completo la avenida.
En mi habitación rebotaban colores fríos: ni azules ni rosas ni siquiera grisáceos; sólo fríos.

Aquella tarde sentí algo distinto. No era tristeza, eso es bonito. Era otra cosa.
Era… algo gris, algo feo, detonado jamás sabré a raíz de qué.
Y bueno, allí estaba, no había tantas lágrimas para aquel pensamiento; y entonces decidí escribir como escriben los espejos: hondo, efímero y vacío:

                                    ” Siempre pensé que una de las cosas, sino la única, más importantes de una puerta es la luz que hay tras ella. Y esa tarde el pasillo estaba oscuro.
Si te fijabas bien casi parecía salir luz de la oscuridad del armario de una de sus paredes, en el hueco que quedaba al descubierto entre sus puertas; esas que custodiaban abrigos pesados que ya nadie usa.
Podía incluso percibirse una oscuridad menos oscura en las rayas que unen las tablillas del parqué.
Coloqué mis manos sobre mis ojos y pronto vi un televisor: unas marionetas azuladas se movían sin demasiado sentido por la pantalla, algunas carecían de ojos, de cuerpo, otras simplemente no tenían cabeza. Parecían hilos enredados interpretando una gran función.
Cerré los ojos más fuerte, más denso. Seguían allí. Sus ojos, quienes (?) los tenían, se movían de un lado a otro, podía escuchar cómo chocaban contra sus párpados.
Me giré, grité, salí de la habitación. Las marionetas seguían allí, en mi cabeza.
El pasillo estaba oscuro.
Volví a entrar al cuarto me senté en la cama, frente al televisor, con los ojos fijos en el parqué, miré entonces… La televisión estaba apagada. No había marionetas ni ruido ni color azul. “No importa, no hay de dejar espacio al miedo. Sino, campa a sus anchas bajo la cama.”

Abrí los ojos contra el techo.
Pasaron minutos, quizás horas. Y no pasó nada.
Se escuchaba el sonido de los coches sobre los charcos, algunas verjas que se cerraban, personas balbuceando y el crujir de las puertas. Nada más.
Notaba en los ojos cómo se dilataba el tiempo.
De vez en cuando miraba el pasillo; seguía oscuro. Cuando lo miraba durante mucho tiempo empezaba a nublárseme la vista, con esas nubes verdosas que van de fuera hacia dentro; si les prestaba atención, tomaban la forma de las marionetas.
Era una situación frustrante físicamente hablando, tras tanto rato recostada sobre la cama los brazos me pesaban toneladas y tenía la nuca dormida.
Pero me aterraba la idea de salir al pasillo, de ponerme de pie junto al hueco vacío que hay debajo de mi cama.
Pensé en nubes, en ángeles, en cuerpos de mujer, en cadáveres, gatos, óperas, golondrinas, en catedrales, en el gobierno, en moscas, en venas y ratas.
Pensé en el miedo, en el hueco de la cama, en la luz del armario, en los charcos y los ruidos del televisor.
Pensé en los espejos, en su poesía. “

Y entonces dejé de pensar, de soñar.
Salí al pasillo y, cuando pude verme las manos por el haz de luz que salía del armario, me di cuenta de que eran manos talladas en madera, sujetas por hilos que se extendían hacia un techo que, por más que lo intenté, jamás pude ver.

I. Sobre mis sueños

Anoche salí de caza a fin de toparme con un sueño lúcido.
Pronto una estructura negra se irguió ante mí, igual que una carcajada.
Contemplé sus paredes, sus puntos y su microbiología durante lo que a mi se me antojó una larga hora.
Sentí la horrible pena que uno siente cuando se muere.
Una terrible profundidad goteaba dentro de aquella criatura. Se escuchaban lamentos fríos, e inmensos desiertos conformaban sus entrañas. Era una sensación similar a la que se siente al entrar en la casa de Dios, cuando Dios ya te ha abandonado.
Allí dentro era imposible determinar la temperatura, yo me notaba sudar tiritando. Entraba por alguna ventana, que aún no había sido capaz de localizar, una corriente que sentía casi como el tráfico de una gran avenida pasando por encima de mi cuerpo.
Una especie de heridas en las paredes dejaban ver fragmentos de lo que me atrevería a decir que era un inmenso jardín verde y rosa. Nada que ver con la oscuridad que allí dentro se podía respirar; o, mejor dicho, no podía dejar de respirarse.
Pronto escuché risas atravesando los muros, risas que se distorsionaban al llegar al interior de aquel lugar, y se asemejaban más a una psicofonía.

Me pareció ver un montón de cenizas en una esquina… y, de repente, era invierno.
Se alargó en el tiempo la tristeza que allí habitaba, los desiertos eran ahora lagunas oscuras, pues no tenían luz que reflejar; miré hacia el cielo y no supe diferenciarlo del techo de un hospital.
La única luz que dejaba ver todo aquello eran los contados rayos que cabían por los huecos de las paredes y que procedían de aquel supuesto inmenso jardín.
Tras aquel montón de cenizas se dejaba entrever una puerta sin pomo, parecía vieja y corroída. Bastó mirarla un par de segundos para que se abriese produciendo un golpe de madera húmeda contra cemento.
La boca que acaba de abrirse para mi no mostraba más que oscuridad y un olor húmedo que me encharcó los pulmones.
Allí dentro olía a cirugía, y me parecía escuchar el sonido de una máquina trabajando.
Era sonido de vapor que salía por una válvula que se abría y se cerraba.
Era… casi una sinfonía dorada, violeta, exacta como las campanas de Dios.
Era como el canto de un esclavo tranquilo, que ofrecía su lengua a aquella soledad; que allí se hallaba tejiendo con la tela de sus propios bolsillos un manto de virgen.

Caí de pronto en que aún no me había movido ni un paso de aquel lugar, de lo que parecía ser la única baldosa que quedaba en el suelo de la habitación.
Sentía una horrible curiosidad por atravesar aquella puerta que se había abierto para mí… y pensé:

                                  — La curiosidad mató al gato, quizás le hizo un favor.

Entonces di un paso hacia delante, y el suelo lo dio conmigo. Y la puerta y las paredes y el techo se movieron a mi alrededor, como cubriendo mi cuerpo al andar.
Y avancé otro paso, y la casa avanzó conmigo.
Me oscurecí, tragué saliva — esto no tiene sentido — me dije.
Y di un paso hacia atrás para sacar de mi cabeza aquella extraña paranoia; y la casa dio un paso hacia atrás; no lo podía creer, me subió la tensión y eché a correr; noté cómo me movía, cómo me cansaba, cómo me dolían las rodillas contra el suelo, y cuando paré, seguía allí, sobre la misma baldosa, y toda la casa parecía haberse cansado conmigo.
Pero algo había cambiado, ya no entraba la luz del jardín por las grietas de las paredes, ahora entraba una luz nublada, azulada y rosácea, como la luz que hay en la calle de la iglesia del lugar en que vivo, esa que tiene un patio trasero que parece llevar años sin ver un solo ser humano. Esa iglesia que desprende un aura anaranjada — como todas las iglesias — que muere contra el Azul del mundo exterior.
Esa luz que yo llamo Neón espeso y que huele a naftalina.
Bendita luz, fue como anestesia contra la desesperación.

                                              Está bien, si la casa no me deja avanzar dentro de ella, haré que me engulla para moverme sin ser vista — y automáticamente, sin lógica aparente, me tumbé sobre aquella baldosa que prometía estar helada y sin embargo era como asfalto achicharrado, que se pegaba a la piel. Pronto el calor se introdujo dentro de mí, el aliento caliente que empecé a exhalar, se fundía con aquella luz azul espesa y es la sensación más contradictoria y bella que jamás he tenido.
El carbón pronto empezó a cubrir mi cuerpo en forma de lava negra, el calor se hacía insoportable, pero no mortal.
Sólo notaba aire aún en las yemas de los dedos, pero el sudor acabó con él en cuestión de segundos.

De repente noté ese frío que se nota en Enero al bajar del autobús y respiré tan fuerte que me dolieron los pulmones.
Cuando abrí los ojos, nada.
Nada y un interruptor.

                     — Ahora sé que estoy soñando.

De pronto reconozco la puerta del cuarto de baño de mi casa, el que hace esquina entre dos pasillos.
Oh dios… sólo quiero entrar y beber agua; sé que de frente hay un espejo y en cuanto encienda la luz me veré reflejada en él.
Toco el interruptor que se encuentra a mano derecha sobre una pared anaranjada, lo noto sobresaliendo del gotelé, lo pulso con la mirada ya puesta sobre ese lugar en que sé que se encuentra el espejo.
Y no veo nada.
No hay luz.
Vuelvo a pulsar, la luz no se enciende, no veo. Me giro y no veo absolutamente nada, pero sé lo que hay allí, un pasillo que conduce a la última habitación de la casa. Es mi casa. La reconozco. Empiezo a caminar despacio rozando la pared con los dedos; la segunda puerta a la derecha, mi habitación… Al fin estoy en mi habitación, sé que tras el cerco de la puerta, a mano izquierda, está la llave de la luz, sólo tengo que encender.
Pero tampoco se enciende. Subo la cabeza miro la lámpara compuesta por tres bombillas, no veo nada pero sé que la lámpara está allí.
¡La ventana! Al fondo de la habitación hay una ventana, justo encima del radiador; me dirijo a ella, diría corriendo pero no hay espacio para movimientos grandes.
Palpo el cristal frío, arrastro los dedos, el aluminio, gotelé y nada más.
Sé que aquí había una cuerda para subir la persiana, pero no está. No está.

                       — Sé que estoy soñando, he tenido este sueño más veces. Pero la angustia que me produce esta oscuridad nubla cualquier pensamiento racional que mi mente pueda siquiera intuir.

Me reduzco a vértigo, a un agujero de calor, de nerviosismo.
Calma. Hay más interruptores, más ventanas.
Cruzo mi habitación, salgo de allí, recorro el pasillo en forma de ele, a la derecha la cocina, hay dos tubos fluorescentes aquí. Enciendo. Nada, no hay luz en toda la casa.
Lo intento con un par de habitaciones más, los pasillos son más cortos de lo normal, sé que es mi casa pero no puedo verla.
Vuelvo a la puerta del cuarto de baño, donde estaba al principio. Enciendo y apago sin parar pero no consigo nada.
Se me ocurre, no sé muy bien con qué fin, enchufar el secador en el enchufe que hay a la izquierda del espejo, funciona.
Hay electricidad y hay bombillas, porque las toco.
Mientras toco las bombillas para apretarlas, para ordeñarlas y que salga luz, bajo la cabeza, me sitúo paralela al espejo.
No hay luz, pero si intuyo mi casa, podré intuir mi cara en él.
Me miro fijamente a lo que creo que son los ojos, sólo veo nubes negras, que se van haciendo azules y verdes.

— Todo el mundo sabe que en los sueños no puedes verte en un espejo.

Pero cuando llegue la oscuridad, todo el mundo te dirá que esto no es un sueño.

.