forma y preludio

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Hondas fosas huecas de pintura y planta

habitan caracolas en la tierra seca,

grueso grano óseo, curva estalactita,

es recorrida por la hormiga de todo el universo.

 

Hay ruido en el insecto,

en la delicia colectiva,

hay una húmeda forma de desprendimiento,

un equilibrio en el cuerpo

y una mujer en la herida.

 

a la muerte de la natulareza:

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Cuando aún, inconsciente como tú, danzaba alrededor

y te veía con todo el cuerpo

y después te soñaba con humedad y calor,

hundíamos las dos nuestro gesto

en el lento movimiento de lo que nace;

cuando aún no era tan evidente

el contorno entre mis pies y tu tierra,

podíamos pasar las horas

y, a pesar de las muertes pequeñas alrededor,

jugar a los charcos, a las lombrices y a la arena.

 

Te recuerdo como un fértil encuentro con la nada,

como un giro eterno y plural,

te recuerdo del color de la infancia.

 

Y ahora, pasto de la fobia y el dolor,

disfruto en soledad

de tu triste e injusta muerte dentro de mí,

con la calma,

con el alivio de saber que tú siempre que mueres

estás volviendo a nacer.

 

exquisito acto de soledad

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Vuelvo el olvido

hacia la sencillez de tus extensos ojos,

hacia la invariable luz

de ese cuerpo del que vienes.

 

Me dedico a tu sombra,

alrededor,

a deshacerme de tu organismo,

a des-ejecutar el movimiento

y desaparecer en la molécula.

 

Vuelvo el dolor a tu inmigrante desnudo en mi pausa,

a la inquietud de tu especie,

a la huella de tu mar sin método.

 

Te estudio como a la muerte un suicida,

porque sé que eres el siguiente nudo en la madera

y ya sin autonomía voy a reflejar tu oscuridad vacía;

voy a atravesarte hasta desaparecer

y que seas tú quién deba volver los ojos

hacia el olvido de extracción blanca,

de extraño espacio sin forma.

 

Y volver entonces,

tras el agujero,

a tenernos siempre,

a percibirnos nunca más,

a apreciar, sin volumen ni palabras,

la delgada forma del exquisito acto

de avanzar en soledad.

 

herida de arena

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Hay un sueño cerca,

tibiamente teñido de arena,

una posibilidad blanda

de rozarte con el cuerpo,

de notarte pesando en las manos.

 

Hay una herida

cerrándose alrededor de este estado

en que no sé si duermo, deseo

o he muerto.

 

Siento

que sólo puedo percibirte en esta sensación,

en estos tonos que caen de forma lenta y profunda

a través de todo.

curva en la pared

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Advierto una curva en la pared

y resulta, de pronto, tu cuerpo,

como una muerte riendo contra mí;

salgo de tu escultura y me arrastro

hacia cualquier otro objeto anguloso

que no me recuerde a ti.

 

Pero estás en toda la literatura de esta casa,

en la sombra que atraviesa las plantas del balcón;

plenamente dolorosa te olvidas de mí,

de mi materia inútil,

y te sientas a enamorarte del resto las cosas.

 

la leche y el pan

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Existe una droga materna, bella, orgullosa, severa, es un teatro mental con luz de colonia, una celebración mínima de los lápices y las manzanas; son lentas palabras de sanidad, el umbral de una mujer es el daño de un beso, la curva de los cuerpos, es un túnel apoyado sobre el suelo, una honda dependencia, el íntimo cuero de las maletas, los platos oscuros, el martes cuadrado, las náuseas en el sillón, la cáscara breve del huevo, es la voz permanente, la casa y la esquina, la grasa nerviosa del pelo, es el bosque modelo y la blanca vejez que se lleva en las uñas, es ella una talla estirada hacia la harina, un flaco roce de sudor; cuando la sociedad opera es semilla, o es magia y adulta y secretaria y a veces es masculina y, entonces, militante del absurdo. Es el síntoma primero de la vida, es la leche y el pan de la tierra de los niños, y no un vino amargo seduciendo vuestras lenguas.

niño

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Imagino el olor de tu ropa sin planchar, aún áspera y seca, y tu cuerpo desnudo debajo, moviéndose con la granate naturalidad del tiempo que se curva; imagino el grosor de tus ojos al enfocar mi contorno sobre cualquier superficie rugosa. Imagino los valles de tu cara, tu longitud dormido; me gusta pensar que eres los modales por los que las madres castigan a sus hijos; antes o después tendré que confesar que lo que más me gusta de ti es tu nariz, respirando, y que me dan igual los días y la sangre y lo que escuece bajo el brillo. Imagino tus oídos escuchando jazz, tus papilas saboreando unos labios rápidos y blandos como un flan; e imagino tus manos tocándolo todo, paseando por la otredad de los objetos de las casas y las consultas  y las galerías. Te imagino como tú nunca te imaginarías, con ojos enormes de niño que apenas piensa, con tiempo de sobra, con ropa morada, mirando las piedras.