vivir bajo la tierra

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Pocos y limpios hilos de nacimiento deberían haberme atravesado, y no toda esta carne autónoma que siente el asco y el frío en la misma región. A veces siento más abierta la herida, aquí abajo, doliendo con el vacío y el placer natural por la soledad.

Mi cuerpo, en el fondo de mi cuerpo, observa su inevitable y propia presencia, como la de un insecto erguido ante un espejo sintiendo la molestia del pelo y las alitas.

Me visto para no verme, me giro para no encontrarme conmigo en la masa, pero todo movimiento de huída reside en la materia y eso me relega al paranoico estado de vivir bajo la tierra.

 

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agua en el jarrón

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Hay un síntoma de muerte en esta casa,

puedo sentirlo como siento plantas sin vida en la sopa;

observo la mandarina y el sol,

los límites del balcón, las charcas.

 

Hay un extraño espacio templado y quieto,

lo más parecido al acto del pensamiento,

creo que es el agua del jarrón

que, sin mirarme, me mira.

 

Es un síntoma estallado

en una esquina de una habitación;

está sola, quieta,

está el agua,

la acción de estar también está

y ella sí me mira,

me hace sentir acompañada en este trozo de hogar vacío

desde el que puedo oler el laurel y la lejía en la cocina.

 

intolerable sensación de dolor

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Mira esta intolerable

sensación de dolor

que aparece en mi alimento lento

y se reduce a migas

y manchas de vino.

 

Mira este absurdo tenedor brillante

reflejando,

sucio,

el techo del salón,

y mira el televisor cotidiano,

cuadrado,

brusco,

emitiendo en directo

caras más o menos estéticas.

 

Mírame a mi,

idiotamente impersonal,

sirviendo el té,

observando esta situación

que no me pertenece,

que no me define,

ni contiene,

ni significa.

 

cosquillas

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Yo era las cosquillas de mi madre y me ha costado acostumbrarme a quién no lo hacía bien, a desvestir de género el gesto, la anatomía, el deber, llamar a las cosas por su ser y no por su nombre con letras codificadas con un censo masculino, entablar un diálogo profundo en una superficie espesa con sus ojos en mi ombligo; tratar de respetar una complejidad anónima construida sobre un instante y no sobre un individuo. Y sentir esta amarilla y tersa existencia mía, como una danza en la danza.

 

vestido amarillo

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Desnudo este gesto de objetivo, me uno a los otros, a todos, para vestirlo y me siento correteando por la sociedad. Esta salvaje manera de reconstruir mi vida me hace preguntar ¿qué día eres?, ¿no te duele ese vestido amarillo? Me proyecto, lloramos y plantamos flores, pero borrachos; pierdo el tiempo contigo y me siento a mirarte en una silla, a ser leve primero, para luego ser mujer, persona, hombre, madre sin hijos, hermana, compañera, nunca enemiga pero a veces distancia emocional. Me replanteo todos los pasillos por los que camino a ras de la pared, siento que soy una maceta llena de insectos y colores, me siento la náusea de todos los enamorados, me siento rastro y reacción, me extirpo a mi misma, me trasplanto el todo y va doliendo pero cabe, salvajemente va doliendo, pero cabe.

 

linda antropología

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Entran dos clientes a la dimensión y piden flujo, saltan, son superficiales, uno rubio y otro pensativo, llevan llaves en los bolsillos, tienen fiebre permanente y están heridos por su propiedad, recitan versos y dan fiestas, uno lleva lentes, el otro no paga sus facturas. Se sientan en una silla, la fiebre sube, parecen dos químicos con dientes, observan los muebles en la intimidad, las dramáticas curvas, los palacios de hierro, se sienten amargos, superan la flexibilidad de los economistas porque tienen preciosas habilidades en la inteligencia, dieciséis años y una cuerda, son rápidas criaturas con sonrisa de oliva.

Bailan solos cerca de las lámparas, atacan los círculos de semejantes, su linda antropología les acerca a la primera filosofía de la soledad; adivinan los impulsos derivados de la realidad, lo masculino y lo medieval, la semilla y la manteca. Su miseria de manzana, sus desnudos griegos y oscuros hablan de intentar huir del deseo, de lo lento, del bautismo; y se abstraen de sus padres a través de los detalles, el vicio y la ruptura.

 

queso y vino

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Ser una cucharada y que nada ocurra después, un hilo de lana o una manzana tomando el sol en un frutero. Ser una escena pequeña en una cama, un espejo cuadrado, una mosca en la espalda. Y que el resto de las cosas sean ridículamente innecesarias; los vestidos, los enfermos terminales, las arcadas, la sombra. Ser un mantel sobre el que incide la luz, sin comensales, ni platos, ni estancia alrededor, un cable que conduzca nada a ningún lugar. Ser lo blando. Ser lo muerto. Ser lo previo. Ser el color de ninguna cosa, el peso de ningún volumen, un codo apoyado en la luz. Y vibrar en suspensión, como la risa de un vecino, sin presión que procesar, ni necesidad de ingerir queso y vino.