poema para el estado de descomposición

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Me siento al sol, al río y a la hoja

a las lenguas frescas de los pastos,

me siento a ver los niños y las rocas

pesar delante de mi durante años.

 

Supongo que ya estaré descompuesta

seré alimento de algún gusano,

hace demasiado tiempo

que perdí la noción de mi cuerpo.

 

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herida de arena

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Hay un sueño cerca,

tibiamente teñido de arena,

una posibilidad blanda

de rozarte con el cuerpo,

de notarte pesando en las manos.

 

Hay una herida

cerrándose alrededor de este estado

en que no sé si duermo, deseo

o he muerto.

 

Siento

que sólo puedo percibirte en esta sensación,

en estos tonos que caen de forma lenta y profunda

a través de todo.

noche amarilla

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Hay una mosca en el pasado,

donde aún me resulta bonito

verte llorar de soledad.

 

La noche cuelga y se vuelve amarilla,

de pronto todas estas hojas secas

adquieren una violenta forma de estar quietas

rozando, con sus muertos tallos, mi pared.

 

Y me pregunto,

¿voy a sentirme así para siempre?

 

Sé que no quedan demasiados minutos

de esta sensación poco profunda,

quizás un par de olas más

y luego, como siempre, nada.

 

agua en el jarrón

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Hay un síntoma de muerte en esta casa,

puedo sentirlo como siento plantas sin vida en la sopa;

observo la mandarina y el sol,

los límites del balcón, las charcas.

 

Hay un extraño espacio templado y quieto,

lo más parecido al acto del pensamiento,

creo que es el agua del jarrón

que, sin mirarme, me mira.

 

Es un síntoma estallado

en una esquina de una habitación;

está sola, quieta,

está el agua,

la acción de estar también está

y ella sí me mira,

me hace sentir acompañada en este trozo de hogar vacío

desde el que puedo oler el laurel y la lejía en la cocina.

 

queso y vino

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Ser una cucharada y que nada ocurra después, un hilo de lana o una manzana tomando el sol en un frutero. Ser una escena pequeña en una cama, un espejo cuadrado, una mosca en la espalda. Y que el resto de las cosas sean ridículamente innecesarias; los vestidos, los enfermos terminales, las arcadas, la sombra. Ser un mantel sobre el que incide la luz, sin comensales, ni platos, ni estancia alrededor, un cable que conduzca nada a ningún lugar. Ser lo blando. Ser lo muerto. Ser lo previo. Ser el color de ninguna cosa, el peso de ningún volumen, un codo apoyado en la luz. Y vibrar en suspensión, como la risa de un vecino, sin presión que procesar, ni necesidad de ingerir queso y vino.

Manías fonéticas


Oigo voces calientes al final de los pasillos, con sus cárnicos timbres adultos; y siento frente a ellas que mi cuerpo es una obra inacabada. Estas voces quieren conocerme por debajo antes que por dentro, quieren sonar en bocas nuevas. Rozo todos los surcos naranjas que puedo antes de acercarme a ellas, pensando que quizás alguna sea un cuerpo sobre el que yo pueda caer. Se despliegan todos mis dolores amarillos, terráqueos, y los padezco con una estúpida esperanza propia de la niñez.

Es anís, es eterno, es orgánico y me odia; mi voz nunca se escucha entre todas estas enormes y aceleradas oraciones, mi paladar lento no tiene espacio ni tiempo, se descuelgan los impulsos violentos de su estructura infantil. Pero es que, sin remedio, me trago estas fonéticas manías de ocurrir.

 

Vientre universal


Hay una flor en un vientre universal, y hay un lapso violento en el que, ella, nace.

Observo dos margaritas levemente empujadas por un viento blanco desde atrás, sus débiles frentes amarillas se acercan entre sí, hay algo íntimo en esta realidad tan obvia. No existen dos flores contiguas que se amen más, estoy segura de que antes de brotar ya se habían buscado bajo la tierra. Sus bocas pequeñas avanzan hacia el sol, olas de rocas molidas sujetan sus pies de enredadera.

Hay diminutos instantes entre una margarita y la siguiente, a lo largo de la tierra, amanecen o se secan, hay niños con enormes lupas que, al ir a matar hormigas, pisotean flores frescas.

Hay algo de domingo en sus tallos, y algo de sus tallos en mis ojos, que las miran. Y hay un jarrón vacío a mi derecha, y una luz delgada que lo riega, parece tener la boca abierta y sus brazos de jarra pidiendo comer pulgones o ramas de árbol.

Hay un vientre universal que me rodea y una niña enorme que me observa, y hay un flequillo amarillo despeinado sobre mi cara, y me da miedo esta pradera.