nuestras uñas

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Esta vacía forma de la muerte

que ocurre bajo cada algodón empapado en llanto,

llanto a cucharadas y una carencia irregular en las manos,

y un vestido naranja que ya no sonríe.

 

Cómo no vamos a gritar sin normas,

con este joven hambre que duele en todo el cuerpo,

sentimos las cuatro esquinas

de todos vuestros oscuros sentimientos de carne.

 

Hay cobre e hijos de la sombra

en estas calles profundas que no nos acompañan.

 

Y ante la tranquila existencia del horror,

nos agachamos leves a escondernos,

a llorar por lo descolorido de nuestras uñas.

 

herida de arena

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Hay un sueño cerca,

tibiamente teñido de arena,

una posibilidad blanda

de rozarte con el cuerpo,

de notarte pesando en las manos.

 

Hay una herida

cerrándose alrededor de este estado

en que no sé si duermo, deseo

o he muerto.

 

Siento

que sólo puedo percibirte en esta sensación,

en estos tonos que caen de forma lenta y profunda

a través de todo.

Minúsculo vacío


Lo pequeño, primero, duele, luego se hace doméstico y se deteriora sin ninguna intención concreta, sangra y se paraliza. Entonces viene el cementerio granate sin luces sobre las que reflexionar, jugando a lo profundo y lo evidente.

Oscila, lo pequeño, entre la natalidad y la sobreexposición del tiempo. Inerte se extiende sobre otras materias de mayor tamaño o de mayor consciencia; su presencia tumbada define un grueso instante de delgada apariencia, y se nutre de nuevo de colores diminutos, de colores que apenas se ven entre el resto de lo eréctil.

Minúsculo vacío, comienza en lo limítrofe y, al final, pertenece a todos los momentos caducos y perennes.

 

Rosa inflamación etérea

Siento un océano, un estético ruido que perfora, un poema que viola a la Tierra, una profundidad lírica y trastornada. Y todo lo siento donde debería sentir una rosa inflamación etérea, nerviosa e inevitable, en el molesto anexo de mis conclusiones amarillas. Interpreto mi papel de larva que flota, sin exigencias, sobre el dolor complejo de un intervalo moral, aunque preferiría peinarme el pelo con hojas de palmera y mear sobre la superficie tranquila de un orinal.

Yuxtapongo esta vigilia con tus ojos platónicos haciendo sombra en mis cuevas, me siento a jugar en la orilla de las cosas que deberían ser de miel, y me retuerzo ocularmente sobre una ideología barata, sobre una convención que no me cabe. Qué defecto es este que se muestra sólo en la irreversible versión de una lengua que gira… qué manifestación contra la nada elevo, si me dejo llenar de un vacío que no me sacia…

Siempre doy vueltas alrededor del mismo pliegue vital, alrededor de una exigencia que me da náuseas moradas.

 

Sobre el dolor y la materia


Caes como una gota dialéctica e íntima sobre mi cuando siento que mi cuerpo sólo es materia que cede.

Siento esta piedra ingrávida, vacía de todo tiempo y toda memoria y siento la arcada pura y efímera de un granate de otra tierra que emana desde un conflicto interno y crudo. Rozo el hábito ya gastado de una conclusión sin usar, de un pronóstico fiel sobre el porcentaje de piel que me duele, uso salivas transitorias sobre pobrezas profundas y, en la otredad, habito atractiva y violeta.

De vuelta al raciocinio anclado a una resistencia densa y demoledora, enumero y multiplico por cero toda ligereza que me haya contaminado, y lloro concediéndome la duda del margen de la obscenidad fingida, de la carne recorrida y la rendición amarga.

Vivo entera en el escaso espacio sucio que me dejas en tu mente antropomorfa, devastando una irrelevante negación al todo. Y me culpo de otras culpas abstractas y negras que suceden donde deberían brillar las horas; castigo el antisistema de mi vello púbico que se niega a una estrategia común, en lugar de venerar los arcos oscuros de unas cejas que se elevan ante un acto de extravagancia inconclusa.

Con todo, orbito en la inexistencia de una ideología idónea, carnal y etérea por igual, que constituya las leyes de un cuerpo finito que se sabe demolido y retorcido por las bestias de esta plaga humana que rodea sus pechos desnudos.

Me bastaría con pegarme con lascivia a una ventana y contemplar desde el frío, el calor de los otros.