herida de arena

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Hay un sueño cerca,

tibiamente teñido de arena,

una posibilidad blanda

de rozarte con el cuerpo,

de notarte pesando en las manos.

 

Hay una herida

cerrándose alrededor de este estado

en que no sé si duermo, deseo

o he muerto.

 

Siento

que sólo puedo percibirte en esta sensación,

en estos tonos que caen de forma lenta y profunda

a través de todo.

noche amarilla

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Hay una mosca en el pasado,

donde aún me resulta bonito

verte llorar de soledad.

 

La noche cuelga y se vuelve amarilla,

de pronto todas estas hojas secas

adquieren una violenta forma de estar quietas

rozando, con sus muertos tallos, mi pared.

 

Y me pregunto,

¿voy a sentirme así para siempre?

 

Sé que no quedan demasiados minutos

de esta sensación poco profunda,

quizás un par de olas más

y luego, como siempre, nada.

 

agua en el jarrón

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Hay un síntoma de muerte en esta casa,

puedo sentirlo como siento plantas sin vida en la sopa;

observo la mandarina y el sol,

los límites del balcón, las charcas.

 

Hay un extraño espacio templado y quieto,

lo más parecido al acto del pensamiento,

creo que es el agua del jarrón

que, sin mirarme, me mira.

 

Es un síntoma estallado

en una esquina de una habitación;

está sola, quieta,

está el agua,

la acción de estar también está

y ella sí me mira,

me hace sentir acompañada en este trozo de hogar vacío

desde el que puedo oler el laurel y la lejía en la cocina.

 

intolerable sensación de dolor

2017-02-13 01.54.43 1


Mira esta intolerable

sensación de dolor

que aparece en mi alimento lento

y se reduce a migas

y manchas de vino.

 

Mira este absurdo tenedor brillante

reflejando,

sucio,

el techo del salón,

y mira el televisor cotidiano,

cuadrado,

brusco,

emitiendo en directo

caras más o menos estéticas.

 

Mírame a mi,

idiotamente impersonal,

sirviendo el té,

observando esta situación

que no me pertenece,

que no me define,

ni contiene,

ni significa.

 

queso y vino

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Ser una cucharada y que nada ocurra después, un hilo de lana o una manzana tomando el sol en un frutero. Ser una escena pequeña en una cama, un espejo cuadrado, una mosca en la espalda. Y que el resto de las cosas sean ridículamente innecesarias; los vestidos, los enfermos terminales, las arcadas, la sombra. Ser un mantel sobre el que incide la luz, sin comensales, ni platos, ni estancia alrededor, un cable que conduzca nada a ningún lugar. Ser lo blando. Ser lo muerto. Ser lo previo. Ser el color de ninguna cosa, el peso de ningún volumen, un codo apoyado en la luz. Y vibrar en suspensión, como la risa de un vecino, sin presión que procesar, ni necesidad de ingerir queso y vino.

los poros y lo falso

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He sacado del armario el antiguo joyero de mi madre; tiene tres cajones diminutos, almohadillas alargadas para los anillos y un espejo ridículamente pequeño en el que sólo alcanzo a verme un ojo, una oreja o la raya mal hecha del pelo. Me he probado un anillo dorado, probablemente falso, simplemente bañado en esa mezcla amarillenta, parezco una mujer casada con una aleación de cobre, de estaño y de pena. Después me he probado todos los pendientes que he encontrado, los más elegantes, los más vulgares, me parecen todos iguales. Unas perlas aburridas, nacaradas, gordas, no dicen nada de mi cara, ya de por sí inexpresiva o falsa. Este espejo es inútil como todos los demás, lo arranco, le observo las líneas que ha dejado en su reverso el pegamento en forma de gusano, esa plasta viscosa que lo mantenía adherido a la madera. Ahora me gusta más, sacado de su contexto, un rectángulo reflectante suelto, en cualquier parte, en ninguna, solamente reflejando lo que pase por delante. Juego con él y sus esquinas y al incidir la luz del sol desde la ventana directamente en mi cara pálida y rebotar ésta contra el espejito de princesa, veo mis poros abiertos reflejados en él, todos los poros profundos de mi nariz, ahí formando líneas adolescentes y banales. El juego termina igual que empieza, con un joyero antiguo en un armario y mi cara de hoja mirando al sol.

Prematuro y tierno

Permanece, lo que aún no vive, detrás de las curvas más cerradas de la materia y construye posibilidades sujetas a la casualidad futura o a la precisión ya pasada; maneja los peores sentimientos, los no-natos, aquellos de los que puede temerse todo y temer nada. Tú eres una fractura cuyo dolor aún no ha llegado, eres la luz todavía viajando lejos de mí y de todo el entorno que se pliega alrededor. Tú habitas una transición que, en realidad, nunca se acaba y te poseo en todos los instantes que no vivo, en todas las circunstancias que no existen.

Padecerte es un placer del que nazco y me reduzco, observarte sería una carnicería fría y devastada, sería una lógica profunda, una verdad amarilla y reflectante; contra todo este color pequeño que te habita en mi cabeza aún distante, contra toda esta libertad llena de márgenes absurdos o capaces.

Te prefiero en la distancia onírica, en lo prematuro y tierno, en mi no-vida.