vivir bajo la tierra

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Pocos y limpios hilos de nacimiento deberían haberme atravesado, y no toda esta carne autónoma que siente el asco y el frío en la misma región. A veces siento más abierta la herida, aquí abajo, doliendo con el vacío y el placer natural por la soledad.

Mi cuerpo, en el fondo de mi cuerpo, observa su inevitable y propia presencia, como la de un insecto erguido ante un espejo sintiendo la molestia del pelo y las alitas.

Me visto para no verme, me giro para no encontrarme conmigo en la masa, pero todo movimiento de huída reside en la materia y eso me relega al paranoico estado de vivir bajo la tierra.

 

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la leche y el pan

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Existe una droga materna, bella, orgullosa, severa, es un teatro mental con luz de colonia, una celebración mínima de los lápices y las manzanas; son lentas palabras de sanidad, el umbral de una mujer es el daño de un beso, la curva de los cuerpos, es un túnel apoyado sobre el suelo, una honda dependencia, el íntimo cuero de las maletas, los platos oscuros, el martes cuadrado, las náuseas en el sillón, la cáscara breve del huevo, es la voz permanente, la casa y la esquina, la grasa nerviosa del pelo, es el bosque modelo y la blanca vejez que se lleva en las uñas, es ella una talla estirada hacia la harina, un flaco roce de sudor; cuando la sociedad opera es semilla, o es magia y adulta y secretaria y a veces es masculina y, entonces, militante del absurdo. Es el síntoma primero de la vida, es la leche y el pan de la tierra de los niños, y no un vino amargo seduciendo vuestras lenguas.

salones con luz

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No sé cómo abordar el tema; estoy desmigándome a la velocidad a la que se reproducen las moscas. Siento desprenderse la poesía de las palabras y todo me resulta absurdo, porque con la forma mullida de un labio inferior o el grosor azulado de la cenefa de un cuarto de baño es suficiente, y no hay nada de estas cosas que pueda o deba decirse al respecto. A veces siento ansia por tener otras sensaciones distintas a las que ya tengo; entonces me imagino un cuadrado de terciopelo y la sensación de ahogarme con él, y otras veces pego dos dedos al flexo de la mesa y dejo que la luz atraviese toda su masa, viendo roja la carne, la uña, las venas a través. Y no hay nada que decir al respecto de esas cosas corrientes que, a veces, uno hace. Pero, ¿de qué voy a hablar sino?, lo bello no lo distingo entre lo ordinario y lo lánguido. Sólo observo, a menudo con detenimiento, la esquina de un mantel, los cuerpos de las manzanas, los aros de los que cuelgan los marcos de las fotos. Cualquiera diría que qué absurda la división de los objetos poetizables y los objetos sin más; yo les creo, ¿qué separa a la oda del ratón?, la inmortalidad de la una y la muerte del otro, supongo. Todo lo siento en ese hilo entre el ojo y la materia, lleno de nudos y formas en las que incide la luz. Por eso, este jarrón único en el mundo, lleno de flores o no, esta cuchara oscilando sobre la mesa, este lazo granate para sujetar el pelo, son todas cosas relativas al alma y no al cuerpo que las describe con respecto a sí mismo: grandes o pequeñas y bonitas, horribles o normales, sucias, limpias, todo culpa nuestra, siempre intentando hacer todo más grande, siempre pensando que, si algo puede dotar a las cosas de magnificencia, somos nosotros los endebles humanos, habitantes de salones con luz.