exquisito acto de soledad

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Vuelvo el olvido

hacia la sencillez de tus extensos ojos,

hacia la invariable luz

de ese cuerpo del que vienes.

 

Me dedico a tu sombra,

alrededor,

a deshacerme de tu organismo,

a des-ejecutar el movimiento

y desaparecer en la molécula.

 

Vuelvo el dolor a tu inmigrante desnudo en mi pausa,

a la inquietud de tu especie,

a la huella de tu mar sin método.

 

Te estudio como a la muerte un suicida,

porque sé que eres el siguiente nudo en la madera

y ya sin autonomía voy a reflejar tu oscuridad vacía;

voy a atravesarte hasta desaparecer

y que seas tú quién deba volver los ojos

hacia el olvido de extracción blanca,

de extraño espacio sin forma.

 

Y volver entonces,

tras el agujero,

a tenernos siempre,

a percibirnos nunca más,

a apreciar, sin volumen ni palabras,

la delgada forma del exquisito acto

de avanzar en soledad.

 

los poros y lo falso

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He sacado del armario el antiguo joyero de mi madre; tiene tres cajones diminutos, almohadillas alargadas para los anillos y un espejo ridículamente pequeño en el que sólo alcanzo a verme un ojo, una oreja o la raya mal hecha del pelo. Me he probado un anillo dorado, probablemente falso, simplemente bañado en esa mezcla amarillenta, parezco una mujer casada con una aleación de cobre, de estaño y de pena. Después me he probado todos los pendientes que he encontrado, los más elegantes, los más vulgares, me parecen todos iguales. Unas perlas aburridas, nacaradas, gordas, no dicen nada de mi cara, ya de por sí inexpresiva o falsa. Este espejo es inútil como todos los demás, lo arranco, le observo las líneas que ha dejado en su reverso el pegamento en forma de gusano, esa plasta viscosa que lo mantenía adherido a la madera. Ahora me gusta más, sacado de su contexto, un rectángulo reflectante suelto, en cualquier parte, en ninguna, solamente reflejando lo que pase por delante. Juego con él y sus esquinas y al incidir la luz del sol desde la ventana directamente en mi cara pálida y rebotar ésta contra el espejito de princesa, veo mis poros abiertos reflejados en él, todos los poros profundos de mi nariz, ahí formando líneas adolescentes y banales. El juego termina igual que empieza, con un joyero antiguo en un armario y mi cara de hoja mirando al sol.

salones con luz

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No sé cómo abordar el tema; estoy desmigándome a la velocidad a la que se reproducen las moscas. Siento desprenderse la poesía de las palabras y todo me resulta absurdo, porque con la forma mullida de un labio inferior o el grosor azulado de la cenefa de un cuarto de baño es suficiente, y no hay nada de estas cosas que pueda o deba decirse al respecto. A veces siento ansia por tener otras sensaciones distintas a las que ya tengo; entonces me imagino un cuadrado de terciopelo y la sensación de ahogarme con él, y otras veces pego dos dedos al flexo de la mesa y dejo que la luz atraviese toda su masa, viendo roja la carne, la uña, las venas a través. Y no hay nada que decir al respecto de esas cosas corrientes que, a veces, uno hace. Pero, ¿de qué voy a hablar sino?, lo bello no lo distingo entre lo ordinario y lo lánguido. Sólo observo, a menudo con detenimiento, la esquina de un mantel, los cuerpos de las manzanas, los aros de los que cuelgan los marcos de las fotos. Cualquiera diría que qué absurda la división de los objetos poetizables y los objetos sin más; yo les creo, ¿qué separa a la oda del ratón?, la inmortalidad de la una y la muerte del otro, supongo. Todo lo siento en ese hilo entre el ojo y la materia, lleno de nudos y formas en las que incide la luz. Por eso, este jarrón único en el mundo, lleno de flores o no, esta cuchara oscilando sobre la mesa, este lazo granate para sujetar el pelo, son todas cosas relativas al alma y no al cuerpo que las describe con respecto a sí mismo: grandes o pequeñas y bonitas, horribles o normales, sucias, limpias, todo culpa nuestra, siempre intentando hacer todo más grande, siempre pensando que, si algo puede dotar a las cosas de magnificencia, somos nosotros los endebles humanos, habitantes de salones con luz.

Minúsculo vacío


Lo pequeño, primero, duele, luego se hace doméstico y se deteriora sin ninguna intención concreta, sangra y se paraliza. Entonces viene el cementerio granate sin luces sobre las que reflexionar, jugando a lo profundo y lo evidente.

Oscila, lo pequeño, entre la natalidad y la sobreexposición del tiempo. Inerte se extiende sobre otras materias de mayor tamaño o de mayor consciencia; su presencia tumbada define un grueso instante de delgada apariencia, y se nutre de nuevo de colores diminutos, de colores que apenas se ven entre el resto de lo eréctil.

Minúsculo vacío, comienza en lo limítrofe y, al final, pertenece a todos los momentos caducos y perennes.

 

Serenamente lejos


Me miras con esa mirada horizontal y sé que en mi ves multitud, y se vuelven a encender todas mis oscuridades, vuelvo a sentir mi vientre inútil y apagado. No puedo arrastrar esta intimidad en la que no estás tú, soy débil y no importa que no hayas existido, yo le debo a las palabras tu realidad infinita, tu luz adolescente que hace crecer sin prisa las lunas de mis uñas.

Me gusta comprenderte plegado entre mis labios, creerme ajena a esta memoria que te he inventado yo. ¿Cómo serán las luces que acompañen tus cosas? Tendrás, seguro, tiempo de no mirarme nunca, de volver tú a tu presencia hostil y acelerada; tendrás la desnudez más parecida a la nada, o al menos yo he tratado de dártela tan hueca.

Quizás sientas la extraña sensación de mi cuerpo tratando de en tu cuerpo convertirse; quizás me odies y huyas serenamente lejos, donde ya no te alcance la juventud eterna que quiero regalarte para componer siempre, desnudo de brevedad, tu estado inalterable de infinita apariencia.

 

Zorra de miel

Tú eres lo que existe entre la potencia y el acto, yo tengo tiempo y bragas de sobra para ti; quiero amarte hasta que enfermen mis manos, ser un homenaje al escozor cada mañana. Pero vuelves siempre envuelta en otras flores, entre otras palabras violentas que no tienen mi voz. Y te odio, te odio por pasar delante de mi con esos pasos de libélula y no quedarte a iluminarme, maldita zorra de miel.

Voy a destrozar tus carruseles de plástico morado, a amoratarte el amor, a joderte viva. Úntame esa lengua en los pies, que quiero resbalar cuando te siga, para caer al suelo y ver desde abajo cómo se pudren tus bragas de niña.

Visión escatológica


Hoy he visto a todas las moscas de la tierra sobrevolar un rayo de luz naranja, tierno como una lengua, que rodaba sereno por mi habitación. Sólo una se ha posado y ha sido de inmediato devorada por una grieta de dos tablas del parqué que se masticaban la una contra la otra como queriendo tener hijos de madera.

Yo escribía un poema sobre lo roto y lo corporal y me han distraído todos esos bichos flotando a ras de suelo y a ras de las uñas granate de mis pies. Y ahora tengo resaca, resaca de moscas y poesía superficial; tengo resaca como si esa visión escatológica hubiese sido una cirugía emocional: porque ahora sé, tras el aleteo incesante, tras las manchas negras, que no quiero atarme a una vida puntual y enferma, ni ser la mitad de un mal hábito, ni contar el tiempo en bocas, o existir en la periferia de cuerpos sucios y hondos.

Ha sido la luz de chocolate la que ha templado la duda de qué tendrán de mi tus tulipanes, de por qué siento esta transparencia por ti. Ha sido el olor a final inevitable lo que me ha regalado esta sensación, probablemente efímera, de querer ser una flor naciendo en un jardín deshabitado.