vivir bajo la tierra

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Pocos y limpios hilos de nacimiento deberían haberme atravesado, y no toda esta carne autónoma que siente el asco y el frío en la misma región. A veces siento más abierta la herida, aquí abajo, doliendo con el vacío y el placer natural por la soledad.

Mi cuerpo, en el fondo de mi cuerpo, observa su inevitable y propia presencia, como la de un insecto erguido ante un espejo sintiendo la molestia del pelo y las alitas.

Me visto para no verme, me giro para no encontrarme conmigo en la masa, pero todo movimiento de huída reside en la materia y eso me relega al paranoico estado de vivir bajo la tierra.

 

salones con luz

2017-01-27-02-16-42-1


No sé cómo abordar el tema; estoy desmigándome a la velocidad a la que se reproducen las moscas. Siento desprenderse la poesía de las palabras y todo me resulta absurdo, porque con la forma mullida de un labio inferior o el grosor azulado de la cenefa de un cuarto de baño es suficiente, y no hay nada de estas cosas que pueda o deba decirse al respecto. A veces siento ansia por tener otras sensaciones distintas a las que ya tengo; entonces me imagino un cuadrado de terciopelo y la sensación de ahogarme con él, y otras veces pego dos dedos al flexo de la mesa y dejo que la luz atraviese toda su masa, viendo roja la carne, la uña, las venas a través. Y no hay nada que decir al respecto de esas cosas corrientes que, a veces, uno hace. Pero, ¿de qué voy a hablar sino?, lo bello no lo distingo entre lo ordinario y lo lánguido. Sólo observo, a menudo con detenimiento, la esquina de un mantel, los cuerpos de las manzanas, los aros de los que cuelgan los marcos de las fotos. Cualquiera diría que qué absurda la división de los objetos poetizables y los objetos sin más; yo les creo, ¿qué separa a la oda del ratón?, la inmortalidad de la una y la muerte del otro, supongo. Todo lo siento en ese hilo entre el ojo y la materia, lleno de nudos y formas en las que incide la luz. Por eso, este jarrón único en el mundo, lleno de flores o no, esta cuchara oscilando sobre la mesa, este lazo granate para sujetar el pelo, son todas cosas relativas al alma y no al cuerpo que las describe con respecto a sí mismo: grandes o pequeñas y bonitas, horribles o normales, sucias, limpias, todo culpa nuestra, siempre intentando hacer todo más grande, siempre pensando que, si algo puede dotar a las cosas de magnificencia, somos nosotros los endebles humanos, habitantes de salones con luz.

Sobre el dolor y la materia


Caes como una gota dialéctica e íntima sobre mi cuando siento que mi cuerpo sólo es materia que cede.

Siento esta piedra ingrávida, vacía de todo tiempo y toda memoria y siento la arcada pura y efímera de un granate de otra tierra que emana desde un conflicto interno y crudo. Rozo el hábito ya gastado de una conclusión sin usar, de un pronóstico fiel sobre el porcentaje de piel que me duele, uso salivas transitorias sobre pobrezas profundas y, en la otredad, habito atractiva y violeta.

De vuelta al raciocinio anclado a una resistencia densa y demoledora, enumero y multiplico por cero toda ligereza que me haya contaminado, y lloro concediéndome la duda del margen de la obscenidad fingida, de la carne recorrida y la rendición amarga.

Vivo entera en el escaso espacio sucio que me dejas en tu mente antropomorfa, devastando una irrelevante negación al todo. Y me culpo de otras culpas abstractas y negras que suceden donde deberían brillar las horas; castigo el antisistema de mi vello púbico que se niega a una estrategia común, en lugar de venerar los arcos oscuros de unas cejas que se elevan ante un acto de extravagancia inconclusa.

Con todo, orbito en la inexistencia de una ideología idónea, carnal y etérea por igual, que constituya las leyes de un cuerpo finito que se sabe demolido y retorcido por las bestias de esta plaga humana que rodea sus pechos desnudos.

Me bastaría con pegarme con lascivia a una ventana y contemplar desde el frío, el calor de los otros.