nuestras uñas

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Esta vacía forma de la muerte

que ocurre bajo cada algodón empapado en llanto,

llanto a cucharadas y una carencia irregular en las manos,

y un vestido naranja que ya no sonríe.

 

Cómo no vamos a gritar sin normas,

con este joven hambre que duele en todo el cuerpo,

sentimos las cuatro esquinas

de todos vuestros oscuros sentimientos de carne.

 

Hay cobre e hijos de la sombra

en estas calles profundas que no nos acompañan.

 

Y ante la tranquila existencia del horror,

nos agachamos leves a escondernos,

a llorar por lo descolorido de nuestras uñas.

 

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Manías fonéticas


Oigo voces calientes al final de los pasillos, con sus cárnicos timbres adultos; y siento frente a ellas que mi cuerpo es una obra inacabada. Estas voces quieren conocerme por debajo antes que por dentro, quieren sonar en bocas nuevas. Rozo todos los surcos naranjas que puedo antes de acercarme a ellas, pensando que quizás alguna sea un cuerpo sobre el que yo pueda caer. Se despliegan todos mis dolores amarillos, terráqueos, y los padezco con una estúpida esperanza propia de la niñez.

Es anís, es eterno, es orgánico y me odia; mi voz nunca se escucha entre todas estas enormes y aceleradas oraciones, mi paladar lento no tiene espacio ni tiempo, se descuelgan los impulsos violentos de su estructura infantil. Pero es que, sin remedio, me trago estas fonéticas manías de ocurrir.

 

Egoísmo irreversible

Esta alma de cisne que me habita bocabajo, pequeña y estropeada por las voces de las ciudades profundas, baila en busca de un fragmento eléctrico donde depositar las tristezas ya estalladas para que se conviertan en poemas antes que en piel sobre mi cuerpo:

Todo es tan rugoso y excepcional en esta literatura de egoísmo irreversible, de indagación psicotrópica de lo pequeño y apagado… todo es tan monótono e irónico en las sienes de los hombres que fabrican todo el tiempo hombres más pequeños… Todo es una orquesta que no se oye en este mundo, que gravita en un futuro inmenso y compacto que caerá sobre nosotros como una plaga de tiempo enfurecido. No quedarán bosques ni banderas, ni ríos ni metales, cuando llegue, ni iglesias supurando geografía seccionada; se extinguirán los nombres de todos los colores, porque sólo quedará la luz que mire hacia otra parte donde haya algo que no duela contemplar. El sexo y las novelas, la tecnología y el arte quedarán relegados al último eslabón de la basura. Los edificios y la genética se derrumbarán absortos ante el repentino abandono de su adjetivación; no habrá lugares sagrados porque no habrá donde pisar. Ni teatros ni empresarios vomitando dinero.

No quedará, siquiera, poesía ni cisnes danzando bocabajo, quedará de nosotros lo que más importa y se agradece: la extinción.

Ebriedades

De todas las ebriedades que esculpo tú eres la primera que abandono cuando he terminado de eyacular, eres un racimo que gotea desde ayer y que sucumbe en un hoy falso que transita entre mis muslos. No te pido densidad, ni siquiera lucidez; te pido escasez angosta y apta para el tiempo indeterminado que me queda en esta pesadilla de carne.

No quiero hacerte entrega de mis cuerpos metamorfoseados los unos en lo otros, no quiero que contemples con el horror de las bestias estas trenzas mal peinas alrededor de un chillido. Porque no me da la gana retorcerme ni aguantarte cuando llores porque no tengo pistilo ni materia. No soy un poema erótico ni triste, soy una sirena que se viste de puta para engañar a tus esquemas oxidados en las necesidades básicas y estéticas de un cuerpo maltratando a otro cuerpo que se acerca. Soy lo vulgar y extraño de un paraíso de cosas que no ocurren y, sin embargo, acaban.

Fíjate en todos esos perfiles ajustados a la banalidad absoluta, contempla cómo bailan la danza de los dedos sobre gargantas profundas y abismales. Envidio cada arcada, cada centilitro de todos los seres humanos que pasean felices entre el acto y el periodo de inactividad absoluta. Envidio sus polillas cantando odas al cosmos de sus propios cuerpos fértiles, rojos y estancados. Pasan delante de mi y me detengo a perforarlos con la mirada sucia de un ser atornillado a un suelo al que le gusta bailar siendo humillado.

 

Revés continuado


Parecen, tus ojos, vientres lentamente estallados contra la nada, evidentes orquídeas muriendo un viernes a la sombra. Penetras, sin predilección, mis ramas colocadas aleatorias sobre el mundo. No hay sensación, ni cuestión, ni dibujo, ni motivo. No hay potencia fiel o social que pueda fermentar estos dos cuerpos permanentes en uno solo.

Expresas tus cortezas polémicas sobre mi, me haces necesariamente extraña y vulgar y dócil; me obligas a perderme en tu isla tranquila de botellas y pelo barato, de audaces piezas en peligro de extinción etérea, y a no volver al mundo pegajosamente llano, democrático, ferviente y burdo.

Llevas horas lamiendo mis luces, cocinando una otredad que entregarme, que hacer mía, para ser yo ahora nadie, un revés continuado de tu sábana de suavidad ausente y presencia estrambótica.

Cruzar tu asimetría es un baño de veneno, de incertidumbre y alivio. En ese orden, a tus órdenes.

 

Cuatro cosas que ocurren

Lo aburrido:

Ya sé de dónde viene la luz, creo que ya sé de dónde viene: de donde siempre, de donde no puedo estar nunca. Doy vueltas enfermas carentes de significado, sin trámites, sólo elemento bruto. Doy por perdidos los ataques de amor y, por desgracia, los de odio. Carezco yo de mi cuando te vendo mi materia, una vez en casa me abres como un regalo aburrido, me quitas los papelitos, las pegatinas, el celofán y me quedo triste en mitad de una habitación que no es mía, en un contexto especular que me deforma. Y te entretengo con mis cosas de mentira, con mis trescientos adornos. Y la luz viene de allí, de donde siempre, y genera esta sombra dura por detrás de mi cuerpo desenvuelto en cualquier parte.

 

Lo absurdo:

Me irrita esta contradicción ingente de estrategias basadas en viajes astrales, todo ocurre fruto de causas empujadas unas tras las otras en las escaleras mecánicas. Es bruto de imprevisible que es, está roto de tanto manosearse. No es estable, ni tampoco lo contrario. Ocurre como ocurren todas las cosas: para dar por culo. Ocurre cuando ocurren todas las cosas: cuando no hace falta. Veinte fantasmas bailando, veinte cuentos dadá ocurren, en 24 horas dos renuncias y un suicidio (me colgué del techo con una serpentina porque quería celebrarlo después). Y ya.

 

La velocidad:

Habrán aparecido ya, en lo que he escrito esta mierda, veinte perras sin collar, todas entrando en tu vida hasta el fondo del cuarto de estar, donde a mi me gusta escribir. Es fugaz porque es eterno y al no moverse, por abarcar ya todo, no lo veo pasar. Tú dices que estás, yo me lo creeré, te oigo acabarte. No me ha dado tiempo a terminar de nacer, tú ya has devorado la placenta y te limpias lo que gotea con servilleta de tela rosa, y no sé dónde quedarme ahora a ser.

 

El miedo:

Y, si todo eso ocurriese como deberían ocurrir todas las cosas: en pos de la eternidad… y, si todo ocurriese donde lo necesito: lejos de mi… Pero exactamente orbita en mi adolescencia marchita, en la que ya debería saber qué impuestos hay que pagar. Pasa todo pálido y sencillo como una fiesta de cumpleaños. Y no quiero que termine, porque no debería haber empezado.

etcétera

Siento una orquesta religiosa dentro que grita ¡Flota sobre los pasillos llenos de víctimas, flota!

 Se reducen a propaganda social barata, eléctrica, católica; menudo llanto de figuras atmosféricas portando medallas de honor humano. Son lo mínimo, lo más, la última generación de líquidos extraños, de templanza hirviendo bajo el vómito vencedor. Daos ostias como virtudes, repartid insulina filial, que no se pierdan las buenas costumbres, los techos rígidos amasando mente blanditas dispuestas a supurar; todo por el bien de la humanidad.

Avanzan cuerdas despegadas del motor lingüístico, millones de derrotas hunden sus lenguas en la tragedia, se sientan al sol, se observan muriendo, se rozan comprendiéndose porque es lo último que les queda antes de la oscuridad.

Sienten miedo por el estricto sendero oral que de pequeños escuchaban: Los milagros reales no residen en la química, el metabolismo universal es una frontera explícita, tú eres punto, yo segmento; no debemos converger -decían- existir es un obstáculo, pero ya que estamos aquí, sirvamos de chiste malo a la retórica, sirvamos de estantería al mal.

Frenar sería una paranoia indigerible, un escándalo caótico, el entierro de un milagro. Sucumbir es desarrollo. Un despliegue poético elevado podría costarles la vida, podrían echarles de la fila que espera paciente su turno para ser calculado como X eslabón; qué tragedia, qué espumoso delirio.

Habiendo estrellas como presidentes todopoderosos del subsuelo y de la masa, habiendo conciencias secas, experimentos de goma, ridículos entrenamientos para aprender a amar el más allá, habiendo todo esto para qué explayarse en ácido lenguaje, para qué, nada es más bello que el horror real, nada es más real que esta horrorosa belleza.

Me cuesta adquirir rigidez ante este síndrome de súbita estupidez, de humillación pletórica, de alabanzas a los suministros inventados en pos de la corbata ochenta y seis. Pero al final me hundo en la categoría humana, qué remedio, qué miedo, qué bonito es este Dios que me promete que podré escribir toda la poesía que quiera cuando me separe de esta lengua vaga y conspiradora.