a la muerte de la natulareza:

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Cuando aún, inconsciente como tú, danzaba alrededor

y te veía con todo el cuerpo

y después te soñaba con humedad y calor,

hundíamos las dos nuestro gesto

en el lento movimiento de lo que nace;

cuando aún no era tan evidente

el contorno entre mis pies y tu tierra,

podíamos pasar las horas

y, a pesar de las muertes pequeñas alrededor,

jugar a los charcos, a las lombrices y a la arena.

 

Te recuerdo como un fértil encuentro con la nada,

como un giro eterno y plural,

te recuerdo del color de la infancia.

 

Y ahora, pasto de la fobia y el dolor,

disfruto en soledad

de tu triste e injusta muerte dentro de mí,

con la calma,

con el alivio de saber que tú siempre que mueres

estás volviendo a nacer.

 

el río

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Tú y yo acabándonos en la superficie del río,

quedándonos en el agua y las rocas,

pasando al reflejo, a solamente la luz,

dejando en la orilla nuestros cuerpos levemente morenos,

tendidos al sol y a la arena.

 
Tú y yo ahora en el fondo de lo infinito

que espera, bajo la materia, a ser habitado,

y sonidos de insectos y pequeños ojos de animales

posados ya sobre lo que dejamos arriba,

y un puñado de vegetación salvaje

trepándonos para recomponernos en la suela de las semillas.

 
Cuatro manos pasando a la capa del barro

y mientras, lejos, donde no llega el movimiento,

una breve ola estática

significando nuestros seres para siempre.

 

exquisito acto de soledad

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Vuelvo el olvido

hacia la sencillez de tus extensos ojos,

hacia la invariable luz

de ese cuerpo del que vienes.

 

Me dedico a tu sombra,

alrededor,

a deshacerme de tu organismo,

a des-ejecutar el movimiento

y desaparecer en la molécula.

 

Vuelvo el dolor a tu inmigrante desnudo en mi pausa,

a la inquietud de tu especie,

a la huella de tu mar sin método.

 

Te estudio como a la muerte un suicida,

porque sé que eres el siguiente nudo en la madera

y ya sin autonomía voy a reflejar tu oscuridad vacía;

voy a atravesarte hasta desaparecer

y que seas tú quién deba volver los ojos

hacia el olvido de extracción blanca,

de extraño espacio sin forma.

 

Y volver entonces,

tras el agujero,

a tenernos siempre,

a percibirnos nunca más,

a apreciar, sin volumen ni palabras,

la delgada forma del exquisito acto

de avanzar en soledad.

 

sentirte en la abstracción

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En este momento querría enredarte las manos,

verte ahogado ya bajo la almohada,

bello, violeta, inquietante;

rozarte como a un nenúfar

que ya sólo flota despacio en mi cama.

 

Querría taparte muy suave

con la sábana y acercarme

a tu quieta cara, a tu quieta lengua

que ya no habla,

y mirarte en la abstracción,

sentirte en otra parte,

fuera de este cuarto.

 

Juntar tus manos sobre tu pecho,

besar pequeña tu nariz

asomada bajo tus ojos

casi abiertos y casi cerrados,

y dormir en paralelo a la idea

de tu ausencia ya real,

y no al drama contemporáneo

de contar hojas de margarita.

búsqueda de materia


Con la velocidad de un muerto te persigo por pasillos de invisible claustrofobia o de belleza comprimida, y te deseo en todas las esquinas, apoyando lento mis dedos doblados sobre la pared. Sé que habitas algunas de estas estanterías, aunque no lo digas y aunque ni siquiera existas, que reposas tu calambre sobre una madera u otra, más blanda o esponjosa, quizás la de cerezo, quizás conglomerado.

Sé, como sé que existen las piedras, que estás. Y te siento rodeando alguna tonta obviedad, como si no te disgustase estar vivo, allí, donde sea que lo estés; como si no te pareciese absurda esta búsqueda de materia en un plano conceptual.

Egoísmo irreversible

Esta alma de cisne que me habita bocabajo, pequeña y estropeada por las voces de las ciudades profundas, baila en busca de un fragmento eléctrico donde depositar las tristezas ya estalladas para que se conviertan en poemas antes que en piel sobre mi cuerpo:

Todo es tan rugoso y excepcional en esta literatura de egoísmo irreversible, de indagación psicotrópica de lo pequeño y apagado… todo es tan monótono e irónico en las sienes de los hombres que fabrican todo el tiempo hombres más pequeños… Todo es una orquesta que no se oye en este mundo, que gravita en un futuro inmenso y compacto que caerá sobre nosotros como una plaga de tiempo enfurecido. No quedarán bosques ni banderas, ni ríos ni metales, cuando llegue, ni iglesias supurando geografía seccionada; se extinguirán los nombres de todos los colores, porque sólo quedará la luz que mire hacia otra parte donde haya algo que no duela contemplar. El sexo y las novelas, la tecnología y el arte quedarán relegados al último eslabón de la basura. Los edificios y la genética se derrumbarán absortos ante el repentino abandono de su adjetivación; no habrá lugares sagrados porque no habrá donde pisar. Ni teatros ni empresarios vomitando dinero.

No quedará, siquiera, poesía ni cisnes danzando bocabajo, quedará de nosotros lo que más importa y se agradece: la extinción.

Mi niña

A esa niña de gominola que se evapora en mi cuerpo adulto:

Crecen tibias las fobias, menguan tristes lo trastos rosas, me deja escuchar su cascabel al caminar, tímida niña violeta, se esconde en un lugar donde han ido a parar los pelos de las muñecas, los juegos, las pulseras…

Vivo cada instante de mi vida llenándolo de tonterías, tengo una niña sucia y desnuda más allá del paladar, la siento intentando frenar mi declive, la siento arañando con sus uñas descuidadas mi estado mental, tirando hacia dentro de mi lengua cuando la quiero callar. Ella es mi pequeño animal caduco, ella es mi trozo de ser marginal, pocos la ven, yo la escucho deshacerse lento, la toco en la intimidad.

Es una puta aterciopelada que me acompleja, que se compara con los trastos de mi edad; usa los colores, los pone donde yo no quiero. Somos las dos miedo y purpurina. Ella colma de amor las cosas, de belleza la realidad, es ella quien hace la poesía, yo la transcribo sin masticar.

No la quiero despertar cuando huelo su tristeza, le gusta jugar a las sirenas, ata mis piernas cuando quiero bailar. Siempre me mira cuando intento ahogarla, pero tiene su pelo dorado atado a mi columna vertebral, echarla de allí sería cortar sus preciosas trenzas de trigo y brillantina.

Sé que siempre estará ahí dentro, aunque se pudra poco a poco. El día que muera la llevaré caduca bajo el torso, su volumen aún me recordará las cosas que brillaban, las que cuando ella se evaporó, dejaron de brillar.