poema para el estado de descomposición

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Me siento al sol, al río y a la hoja

a las lenguas frescas de los pastos,

me siento a ver los niños y las rocas

pesar delante de mi durante años.

 

Supongo que ya estaré descompuesta

seré alimento de algún gusano,

hace demasiado tiempo

que perdí la noción de mi cuerpo.

 

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forma y preludio

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Hondas fosas huecas de pintura y planta

habitan caracolas en la tierra seca,

grueso grano óseo, curva estalactita,

es recorrida por la hormiga de todo el universo.

 

Hay ruido en el insecto,

en la delicia colectiva,

hay una húmeda forma de desprendimiento,

un equilibrio en el cuerpo

y una mujer en la herida.

 

noche amarilla

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Hay una mosca en el pasado,

donde aún me resulta bonito

verte llorar de soledad.

 

La noche cuelga y se vuelve amarilla,

de pronto todas estas hojas secas

adquieren una violenta forma de estar quietas

rozando, con sus muertos tallos, mi pared.

 

Y me pregunto,

¿voy a sentirme así para siempre?

 

Sé que no quedan demasiados minutos

de esta sensación poco profunda,

quizás un par de olas más

y luego, como siempre, nada.

 

sola en la sombra

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Me siento, a mi propio paso, piel de mandarina, toda mi inteligencia queda a la fea sombra de un cuerpo y, ¿dónde voy a situar esta curva blanda?, ¿dónde voy a llevar a morir estas uñas y este pelo?

La única forma sin piel que conozco es la idea. La única idea que conozco proyecta soledad donde está mi cuerpo, que duele desde el nacimiento.

Y así me miro, sola en la sombra, seca en las cosas.

 

soy las tetas y el alma

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/autorretrato/

Cuando me enamoro siento moscas, y el resto del tiempo me siento la niña triste que sube la escalera; siento el dolor de las manzanas y las cortinas y, a menudo, quiero salir del verbo. Observo las cosas de las cosas y me admiro con el asco de la levedad y las flores. Siento el laurel y lloro ante el movimiento; estoy quieta en la ropa y me quiero con toda mi soledad. Soy en la sombra y en la sopa y desearía resumirme a luz y agua, pero no hay danza que me ampare. Soy el acto de sentarme en una silla, soy una cucharada, la leche y el pan; me espero en una mesa, me contengo en la biología. Me siento el insecto femenino de un jardín que nunca florece y, aún así, está lleno de flores.

 

cosquillas

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Yo era las cosquillas de mi madre y me ha costado acostumbrarme a quién no lo hacía bien, a desvestir de género el gesto, la anatomía, el deber, llamar a las cosas por su ser y no por su nombre con letras codificadas con un censo masculino, entablar un diálogo profundo en una superficie espesa con sus ojos en mi ombligo; tratar de respetar una complejidad anónima construida sobre un instante y no sobre un individuo. Y sentir esta amarilla y tersa existencia mía, como una danza en la danza.

 

vestido amarillo

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Desnudo este gesto de objetivo, me uno a los otros, a todos, para vestirlo y me siento correteando por la sociedad. Esta salvaje manera de reconstruir mi vida me hace preguntar ¿qué día eres?, ¿no te duele ese vestido amarillo? Me proyecto, lloramos y plantamos flores, pero borrachos; pierdo el tiempo contigo y me siento a mirarte en una silla, a ser leve primero, para luego ser mujer, persona, hombre, madre sin hijos, hermana, compañera, nunca enemiga pero a veces distancia emocional. Me replanteo todos los pasillos por los que camino a ras de la pared, siento que soy una maceta llena de insectos y colores, me siento la náusea de todos los enamorados, me siento rastro y reacción, me extirpo a mi misma, me trasplanto el todo y va doliendo pero cabe, salvajemente va doliendo, pero cabe.