vivir bajo la tierra

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Pocos y limpios hilos de nacimiento deberían haberme atravesado, y no toda esta carne autónoma que siente el asco y el frío en la misma región. A veces siento más abierta la herida, aquí abajo, doliendo con el vacío y el placer natural por la soledad.

Mi cuerpo, en el fondo de mi cuerpo, observa su inevitable y propia presencia, como la de un insecto erguido ante un espejo sintiendo la molestia del pelo y las alitas.

Me visto para no verme, me giro para no encontrarme conmigo en la masa, pero todo movimiento de huída reside en la materia y eso me relega al paranoico estado de vivir bajo la tierra.

 

mujer-soledad

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Este vientre ceñido me dota de una absurda necesidad universal, me relega a lo aún útil de mi cuerpo, toda la sociedad se yergue entorno a este vientre, todo ser abstraído busca la sombra de este acto que ejerce una mujer en el mundo.

Qué degradación, sentirme apartada del placer y el sufrimiento, qué enfermedad comenzó en mi nacimiento y se extiende aún por todo mi cuerpo, que es solamente lentitud y carencia.

 

sola en la sombra

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Me siento, a mi propio paso, piel de mandarina, toda mi inteligencia queda a la fea sombra de un cuerpo y, ¿dónde voy a situar esta curva blanda?, ¿dónde voy a llevar a morir estas uñas y este pelo?

La única forma sin piel que conozco es la idea. La única idea que conozco proyecta soledad donde está mi cuerpo, que duele desde el nacimiento.

Y así me miro, sola en la sombra, seca en las cosas.

 

soy las tetas y el alma

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/autorretrato/

Cuando me enamoro siento moscas, y el resto del tiempo me siento la niña triste que sube la escalera; siento el dolor de las manzanas y las cortinas y, a menudo, quiero salir del verbo. Observo las cosas de las cosas y me admiro con el asco de la levedad y las flores. Siento el laurel y lloro ante el movimiento; estoy quieta en la ropa y me quiero con toda mi soledad. Soy en la sombra y en la sopa y desearía resumirme a luz y agua, pero no hay danza que me ampare. Soy el acto de sentarme en una silla, soy una cucharada, la leche y el pan; me espero en una mesa, me contengo en la biología. Me siento el insecto femenino de un jardín que nunca florece y, aún así, está lleno de flores.

 

cosquillas

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Yo era las cosquillas de mi madre y me ha costado acostumbrarme a quién no lo hacía bien, a desvestir de género el gesto, la anatomía, el deber, llamar a las cosas por su ser y no por su nombre con letras codificadas con un censo masculino, entablar un diálogo profundo en una superficie espesa con sus ojos en mi ombligo; tratar de respetar una complejidad anónima construida sobre un instante y no sobre un individuo. Y sentir esta amarilla y tersa existencia mía, como una danza en la danza.

 

vestido amarillo

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Desnudo este gesto de objetivo, me uno a los otros, a todos, para vestirlo y me siento correteando por la sociedad. Esta salvaje manera de reconstruir mi vida me hace preguntar ¿qué día eres?, ¿no te duele ese vestido amarillo? Me proyecto, lloramos y plantamos flores, pero borrachos; pierdo el tiempo contigo y me siento a mirarte en una silla, a ser leve primero, para luego ser mujer, persona, hombre, madre sin hijos, hermana, compañera, nunca enemiga pero a veces distancia emocional. Me replanteo todos los pasillos por los que camino a ras de la pared, siento que soy una maceta llena de insectos y colores, me siento la náusea de todos los enamorados, me siento rastro y reacción, me extirpo a mi misma, me trasplanto el todo y va doliendo pero cabe, salvajemente va doliendo, pero cabe.

 

la leche y el pan

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Existe una droga materna, bella, orgullosa, severa, es un teatro mental con luz de colonia, una celebración mínima de los lápices y las manzanas; son lentas palabras de sanidad, el umbral de una mujer es el daño de un beso, la curva de los cuerpos, es un túnel apoyado sobre el suelo, una honda dependencia, el íntimo cuero de las maletas, los platos oscuros, el martes cuadrado, las náuseas en el sillón, la cáscara breve del huevo, es la voz permanente, la casa y la esquina, la grasa nerviosa del pelo, es el bosque modelo y la blanca vejez que se lleva en las uñas, es ella una talla estirada hacia la harina, un flaco roce de sudor; cuando la sociedad opera es semilla, o es magia y adulta y secretaria y a veces es masculina y, entonces, militante del absurdo. Es el síntoma primero de la vida, es la leche y el pan de la tierra de los niños, y no un vino amargo seduciendo vuestras lenguas.