herida de arena

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Hay un sueño cerca,

tibiamente teñido de arena,

una posibilidad blanda

de rozarte con el cuerpo,

de notarte pesando en las manos.

 

Hay una herida

cerrándose alrededor de este estado

en que no sé si duermo, deseo

o he muerto.

 

Siento

que sólo puedo percibirte en esta sensación,

en estos tonos que caen de forma lenta y profunda

a través de todo.

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polvo y hoyos fríos

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Hay un globo ilustrado con árboles, cambiando las texturas primeras, los cultivos segundos, está la piedra allí en el suelo y yo soy su poro, están vacíos los juncos alrededor. Veo tu cara desvestida de gesto y siento que vuelvo a estar desnuda en la pradera, rozando las hormigas con mis rodillas en la tierra. Esta observación pequeña me recuerda al flequillo despeinado, a esa mueca tuya vacía, posible de todo, esperando recibir mi instinto, quieto, desde su espacio en construcción. Está el mar delante, hay polvo y hoyos fríos, hay materia pero no es la materia que normalmente me viste. Se miran nuestros pies y el mar, y se salpican unos a otros de agua y piel; bailo en un plano de cuerpos que no son cuerpos.

 

salones con luz

2017-01-27-02-16-42-1


No sé cómo abordar el tema; estoy desmigándome a la velocidad a la que se reproducen las moscas. Siento desprenderse la poesía de las palabras y todo me resulta absurdo, porque con la forma mullida de un labio inferior o el grosor azulado de la cenefa de un cuarto de baño es suficiente, y no hay nada de estas cosas que pueda o deba decirse al respecto. A veces siento ansia por tener otras sensaciones distintas a las que ya tengo; entonces me imagino un cuadrado de terciopelo y la sensación de ahogarme con él, y otras veces pego dos dedos al flexo de la mesa y dejo que la luz atraviese toda su masa, viendo roja la carne, la uña, las venas a través. Y no hay nada que decir al respecto de esas cosas corrientes que, a veces, uno hace. Pero, ¿de qué voy a hablar sino?, lo bello no lo distingo entre lo ordinario y lo lánguido. Sólo observo, a menudo con detenimiento, la esquina de un mantel, los cuerpos de las manzanas, los aros de los que cuelgan los marcos de las fotos. Cualquiera diría que qué absurda la división de los objetos poetizables y los objetos sin más; yo les creo, ¿qué separa a la oda del ratón?, la inmortalidad de la una y la muerte del otro, supongo. Todo lo siento en ese hilo entre el ojo y la materia, lleno de nudos y formas en las que incide la luz. Por eso, este jarrón único en el mundo, lleno de flores o no, esta cuchara oscilando sobre la mesa, este lazo granate para sujetar el pelo, son todas cosas relativas al alma y no al cuerpo que las describe con respecto a sí mismo: grandes o pequeñas y bonitas, horribles o normales, sucias, limpias, todo culpa nuestra, siempre intentando hacer todo más grande, siempre pensando que, si algo puede dotar a las cosas de magnificencia, somos nosotros los endebles humanos, habitantes de salones con luz.

manos crudas


Podría pasar el resto de mi vida posando mis ojos marrones en tus manos carne, y oscilando con ellos mis deseos desde las uñas a la muñeca. Podría vivir de observar, de entre tus manos, un dedo blando rozando una roca compacta, arrancando de lo innato su temprana primavera, dejando caer su virginidad sobre la superficie áspera. Podría lamer mi paladar y sentir en su rugosidad tus palmas grandes extendidas entorno a mi boca.

Fingirlas el resto de los días, fingir tu tacto contra cualquier carencia, vivir del salto aproximado entre tus puños apoyados sobre la mesa, podría, deconstruirlas sobre las mías. Intuirlas en la intimidad, crudas, tristes, lejanas.

Podría vivir solamente de la sombra que proyectan cuando las colocas, como flores, paralelas bajo la luz.

 

Poema para regar las plantas


Una planta me observa quieta desde la tierra,

me duelen sus hojas, me duelen sus raíces,

bailo alrededor de una fotosíntesis compleja.

 

He perdido la noción de la naturaleza,

cada peso de cada cuerpo

es una dimensión doliendo;

la estructura vence al tiempo,

el tiempo vence a la velocidad;

la violencia fluye lenta en estas horas difíciles,

el teatro ocurre dentro igual que los detalles.

 

La sombra mágica creciendo en un lugar

donde el rojo y el verde son lo mismo,

un cataclismo que escuece en todos los extremos,

una cosecha, de sensaciones densas, que no nace.

 

Y otro paraíso, más cerca,

otras semillas alargando su presencia

bajo tierra de fértil apariencia

y sapos, y columnas y ordinarias sensaciones,

que transcurren mientras riego las flores de mi balcón.

 

Visión escatológica


Hoy he visto a todas las moscas de la tierra sobrevolar un rayo de luz naranja, tierno como una lengua, que rodaba sereno por mi habitación. Sólo una se ha posado y ha sido de inmediato devorada por una grieta de dos tablas del parqué que se masticaban la una contra la otra como queriendo tener hijos de madera.

Yo escribía un poema sobre lo roto y lo corporal y me han distraído todos esos bichos flotando a ras de suelo y a ras de las uñas granate de mis pies. Y ahora tengo resaca, resaca de moscas y poesía superficial; tengo resaca como si esa visión escatológica hubiese sido una cirugía emocional: porque ahora sé, tras el aleteo incesante, tras las manchas negras, que no quiero atarme a una vida puntual y enferma, ni ser la mitad de un mal hábito, ni contar el tiempo en bocas, o existir en la periferia de cuerpos sucios y hondos.

Ha sido la luz de chocolate la que ha templado la duda de qué tendrán de mi tus tulipanes, de por qué siento esta transparencia por ti. Ha sido el olor a final inevitable lo que me ha regalado esta sensación, probablemente efímera, de querer ser una flor naciendo en un jardín deshabitado.