nuestras uñas

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Esta vacía forma de la muerte

que ocurre bajo cada algodón empapado en llanto,

llanto a cucharadas y una carencia irregular en las manos,

y un vestido naranja que ya no sonríe.

 

Cómo no vamos a gritar sin normas,

con este joven hambre que duele en todo el cuerpo,

sentimos las cuatro esquinas

de todos vuestros oscuros sentimientos de carne.

 

Hay cobre e hijos de la sombra

en estas calles profundas que no nos acompañan.

 

Y ante la tranquila existencia del horror,

nos agachamos leves a escondernos,

a llorar por lo descolorido de nuestras uñas.

 

mujer-soledad

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Este vientre ceñido me dota de una absurda necesidad universal, me relega a lo aún útil de mi cuerpo, toda la sociedad se yergue entorno a este vientre, todo ser abstraído busca la sombra de este acto que ejerce una mujer en el mundo.

Qué degradación, sentirme apartada del placer y el sufrimiento, qué enfermedad comenzó en mi nacimiento y se extiende aún por todo mi cuerpo, que es solamente lentitud y carencia.

 

cosquillas

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Yo era las cosquillas de mi madre y me ha costado acostumbrarme a quién no lo hacía bien, a desvestir de género el gesto, la anatomía, el deber, llamar a las cosas por su ser y no por su nombre con letras codificadas con un censo masculino, entablar un diálogo profundo en una superficie espesa con sus ojos en mi ombligo; tratar de respetar una complejidad anónima construida sobre un instante y no sobre un individuo. Y sentir esta amarilla y tersa existencia mía, como una danza en la danza.

 

vestido amarillo

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Desnudo este gesto de objetivo, me uno a los otros, a todos, para vestirlo y me siento correteando por la sociedad. Esta salvaje manera de reconstruir mi vida me hace preguntar ¿qué día eres?, ¿no te duele ese vestido amarillo? Me proyecto, lloramos y plantamos flores, pero borrachos; pierdo el tiempo contigo y me siento a mirarte en una silla, a ser leve primero, para luego ser mujer, persona, hombre, madre sin hijos, hermana, compañera, nunca enemiga pero a veces distancia emocional. Me replanteo todos los pasillos por los que camino a ras de la pared, siento que soy una maceta llena de insectos y colores, me siento la náusea de todos los enamorados, me siento rastro y reacción, me extirpo a mi misma, me trasplanto el todo y va doliendo pero cabe, salvajemente va doliendo, pero cabe.

 

la leche y el pan

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Existe una droga materna, bella, orgullosa, severa, es un teatro mental con luz de colonia, una celebración mínima de los lápices y las manzanas; son lentas palabras de sanidad, el umbral de una mujer es el daño de un beso, la curva de los cuerpos, es un túnel apoyado sobre el suelo, una honda dependencia, el íntimo cuero de las maletas, los platos oscuros, el martes cuadrado, las náuseas en el sillón, la cáscara breve del huevo, es la voz permanente, la casa y la esquina, la grasa nerviosa del pelo, es el bosque modelo y la blanca vejez que se lleva en las uñas, es ella una talla estirada hacia la harina, un flaco roce de sudor; cuando la sociedad opera es semilla, o es magia y adulta y secretaria y a veces es masculina y, entonces, militante del absurdo. Es el síntoma primero de la vida, es la leche y el pan de la tierra de los niños, y no un vino amargo seduciendo vuestras lenguas.

linda antropología

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Entran dos clientes a la dimensión y piden flujo, saltan, son superficiales, uno rubio y otro pensativo, llevan llaves en los bolsillos, tienen fiebre permanente y están heridos por su propiedad, recitan versos y dan fiestas, uno lleva lentes, el otro no paga sus facturas. Se sientan en una silla, la fiebre sube, parecen dos químicos con dientes, observan los muebles en la intimidad, las dramáticas curvas, los palacios de hierro, se sienten amargos, superan la flexibilidad de los economistas porque tienen preciosas habilidades en la inteligencia, dieciséis años y una cuerda, son rápidas criaturas con sonrisa de oliva.

Bailan solos cerca de las lámparas, atacan los círculos de semejantes, su linda antropología les acerca a la primera filosofía de la soledad; adivinan los impulsos derivados de la realidad, lo masculino y lo medieval, la semilla y la manteca. Su miseria de manzana, sus desnudos griegos y oscuros hablan de intentar huir del deseo, de lo lento, del bautismo; y se abstraen de sus padres a través de los detalles, el vicio y la ruptura.

 

granos de tierra

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Uno vive así, hundido de esta forma en la tierra, indicando a los lagartos por dónde no han de ir, al menos. Y se muerde las uñas llenas de arena hincada en la carne rosa que asoma del dedo, para entretenerse, al menos. Y juega, uno, a intentar girar la cabeza hasta que el horizonte parece vertical y entonces se ríe con una mueca y un ruido tontos. Uno se plantea cosas de pronto mirando hacia arriba, como que la tierra no es plana, y le hace gracia, porque la ve plana en toda su superficie, se ponga donde se ponga, y entonces se da cuenta de lo poco que abarca un solo individuo, que no es capaz de ver ni la forma sobre la que habita, ni eso. Uno vigila su huerto, porque para eso es su huerto, para ser vigilado desde la ventana o desde el patio trasero, se sienta a pasar las horas observando. A veces entre la arena uno ve bichos diminutos, otras veces sólo son los propios granos de tierra que levemente se desprenden unos de otros, pero uno ya los llama bichos desde hoy y para siempre, y se lo cuenta indignado a su vecino, al menos. Uno come de lo que siembra, pero a veces le gustaría probar otras cosas fuera, y entonces se siente frustrado y vacío y vuelve a plantearse cosas, esta vez mirando hacia abajo, mirando sus pies descalzos; los mira y le parecen feos sus dedos pequeños, planos, color carne, son feos y se ríe otra vez, al menos se ríe.