perlas

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Creo que voy a morir de tus manos templadas,

de los arcos de tus cejas

y las perlas blancas en tus lóbulos morenos.

 

Ojala haberte acariciado desde el vientre,

ojala no haber perdido

esta noción del nacimiento.

 

Te hablo desde una soledad levemente tostada al sol,

le hablo de ti a los membrillos

y a las sombras de las casas.

 

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exquisito acto de soledad

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Vuelvo el olvido

hacia la sencillez de tus extensos ojos,

hacia la invariable luz

de ese cuerpo del que vienes.

 

Me dedico a tu sombra,

alrededor,

a deshacerme de tu organismo,

a des-ejecutar el movimiento

y desaparecer en la molécula.

 

Vuelvo el dolor a tu inmigrante desnudo en mi pausa,

a la inquietud de tu especie,

a la huella de tu mar sin método.

 

Te estudio como a la muerte un suicida,

porque sé que eres el siguiente nudo en la madera

y ya sin autonomía voy a reflejar tu oscuridad vacía;

voy a atravesarte hasta desaparecer

y que seas tú quién deba volver los ojos

hacia el olvido de extracción blanca,

de extraño espacio sin forma.

 

Y volver entonces,

tras el agujero,

a tenernos siempre,

a percibirnos nunca más,

a apreciar, sin volumen ni palabras,

la delgada forma del exquisito acto

de avanzar en soledad.

 

sola en la sombra

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Me siento, a mi propio paso, piel de mandarina, toda mi inteligencia queda a la fea sombra de un cuerpo y, ¿dónde voy a situar esta curva blanda?, ¿dónde voy a llevar a morir estas uñas y este pelo?

La única forma sin piel que conozco es la idea. La única idea que conozco proyecta soledad donde está mi cuerpo, que duele desde el nacimiento.

Y así me miro, sola en la sombra, seca en las cosas.

 

Una sombra. Cinco ángulos.

Tengo dudas sobre el odio,

porque las palabras sucias

— como el alma mía  —

me saben a hierro en la boca,

me queman el paladar,

y, si oso pronunciarlas,

se mueren al contacto con el

aire.

 

Y no quisiera yo

— bajo ninguna circunstancia  —

envenenar el tiempo que nos queda

con serpientes de metal,

con mentiras ni con clavos.

 

No merecería la pena

huir tan pronto de aquí;

si las sombras me muerden,

que me encuentren

— al menos —

amarga.

 

 

Si el cielo se cierne

oscuro sobre nosotros,

y se arrojan las nubes

a morir contra mis hombros,

que me hallen ya encorvada,

postrada en el mármol,

esperando, con calma,

sus dientes.

 


 

Machacando

mis matrices,

escuchando,

a lo lejos, el mar;

me desnudo

de labios para arriba

y siento

las torres de tu juego,

avanzando lentamente

hacia la arena amarilla

de mis párpados de sol.

 

Te oigo

remando sin rumbo,

con rumbo a mi alma.

Tus labios dorados,

tan sólo tus labios,

observan incrédulos

cómo intento bailar.

­­­­­

 


 

 

Vuelve

a mis manos

de piedra.

Vuelve ,

o no vuelvas más.

A contarme

tus batallas

de loco,

de pobre,

tus guerras

internas.

 

 

— vete ya —

pero, entonces,

no vuelvas.

 

Ni busques

entre mi odio

piedad;

las estatuas de mar

no olvidamos

la arena,

ni los peces,

la espuma,

ni el Sol.

 

 


 

 

Contemplo

el perfecto Azul

que entra por la ventana,

intento atraparlo

y, al rozarlo,

se apaga.

 


 

 

 

 

No seré

nunca más

para ti,

porque no queda

yo que dar

a nadie,

ni que quiera

esperar.

 

Así que…

me largo,

a la mayor brevedad,

me largo

por la ventana,

para que no me recuerdes

al atravesar el pasillo.

 

 


 

 

No vuelvas.

Que yo te imagino

y, tranquila, me muero.

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