herida de arena

Processed with VSCO with m5 preset


Hay un sueño cerca,

tibiamente teñido de arena,

una posibilidad blanda

de rozarte con el cuerpo,

de notarte pesando en las manos.

 

Hay una herida

cerrándose alrededor de este estado

en que no sé si duermo, deseo

o he muerto.

 

Siento

que sólo puedo percibirte en esta sensación,

en estos tonos que caen de forma lenta y profunda

a través de todo.

Salivar y el ego

A tu musa también le duele la carne, aunque parezca hecha de océanos, sus membranas también supuran; merece sólo poemas viscerales, que su cuerpo sea un charco que gotee sobre tu blusa impecable, sobre tu piel sin habitar.


Observo a todas esas personas que caminan por la calle, todas llenas de sexo, de humillación. Todos viven con esas lenguas dentro que no paran de moverse, que no paran de estar quietas. Me siento devorada por su pasividad, siento que sus ojos me comen al no mirarme. Van demasiado ocupados para observar, tienen demasiado morbo pegado por dentro, como una ventosa que les produce hipo al respirar, necesitan sofocarse, sudar…

A todas esas personas les entristece la infección de su esclavitud; preferirían andar confusos y cansados, detestan no ser los protagonistas de sus éxtasis imaginarios. Abortar en líquido espeso las crisis de valores, columpiar la magnitud del cuerpo sobre el dilema onírico, escuchar la fiebre creciendo sobre la espalda… Todo ello les distrae de lo que ocurre sobre las calles. Sus ojos brillan hacia dentro, donde pueden contemplar perplejos y excitados aquello que no ha ocurrido, aquello que les convierte en lo que son: trozos de nada destilados.

El tiempo le come a tu musa las piernas, la deja troceada en el lavabo, salta por la ventana y entra en los pensamientos lila de esos adolescentes que viven en los cuerpos de los seres humanos.

I. Sobre mis sueños

Anoche salí de caza a fin de toparme con un sueño lúcido.
Pronto una estructura negra se irguió ante mí, igual que una carcajada.
Contemplé sus paredes, sus puntos y su microbiología durante lo que a mi se me antojó una larga hora.
Sentí la horrible pena que uno siente cuando se muere.
Una terrible profundidad goteaba dentro de aquella criatura. Se escuchaban lamentos fríos, e inmensos desiertos conformaban sus entrañas. Era una sensación similar a la que se siente al entrar en la casa de Dios, cuando Dios ya te ha abandonado.
Allí dentro era imposible determinar la temperatura, yo me notaba sudar tiritando. Entraba por alguna ventana, que aún no había sido capaz de localizar, una corriente que sentía casi como el tráfico de una gran avenida pasando por encima de mi cuerpo.
Una especie de heridas en las paredes dejaban ver fragmentos de lo que me atrevería a decir que era un inmenso jardín verde y rosa. Nada que ver con la oscuridad que allí dentro se podía respirar; o, mejor dicho, no podía dejar de respirarse.
Pronto escuché risas atravesando los muros, risas que se distorsionaban al llegar al interior de aquel lugar, y se asemejaban más a una psicofonía.

Me pareció ver un montón de cenizas en una esquina… y, de repente, era invierno.
Se alargó en el tiempo la tristeza que allí habitaba, los desiertos eran ahora lagunas oscuras, pues no tenían luz que reflejar; miré hacia el cielo y no supe diferenciarlo del techo de un hospital.
La única luz que dejaba ver todo aquello eran los contados rayos que cabían por los huecos de las paredes y que procedían de aquel supuesto inmenso jardín.
Tras aquel montón de cenizas se dejaba entrever una puerta sin pomo, parecía vieja y corroída. Bastó mirarla un par de segundos para que se abriese produciendo un golpe de madera húmeda contra cemento.
La boca que acaba de abrirse para mi no mostraba más que oscuridad y un olor húmedo que me encharcó los pulmones.
Allí dentro olía a cirugía, y me parecía escuchar el sonido de una máquina trabajando.
Era sonido de vapor que salía por una válvula que se abría y se cerraba.
Era… casi una sinfonía dorada, violeta, exacta como las campanas de Dios.
Era como el canto de un esclavo tranquilo, que ofrecía su lengua a aquella soledad; que allí se hallaba tejiendo con la tela de sus propios bolsillos un manto de virgen.

Caí de pronto en que aún no me había movido ni un paso de aquel lugar, de lo que parecía ser la única baldosa que quedaba en el suelo de la habitación.
Sentía una horrible curiosidad por atravesar aquella puerta que se había abierto para mí… y pensé:

                                  — La curiosidad mató al gato, quizás le hizo un favor.

Entonces di un paso hacia delante, y el suelo lo dio conmigo. Y la puerta y las paredes y el techo se movieron a mi alrededor, como cubriendo mi cuerpo al andar.
Y avancé otro paso, y la casa avanzó conmigo.
Me oscurecí, tragué saliva — esto no tiene sentido — me dije.
Y di un paso hacia atrás para sacar de mi cabeza aquella extraña paranoia; y la casa dio un paso hacia atrás; no lo podía creer, me subió la tensión y eché a correr; noté cómo me movía, cómo me cansaba, cómo me dolían las rodillas contra el suelo, y cuando paré, seguía allí, sobre la misma baldosa, y toda la casa parecía haberse cansado conmigo.
Pero algo había cambiado, ya no entraba la luz del jardín por las grietas de las paredes, ahora entraba una luz nublada, azulada y rosácea, como la luz que hay en la calle de la iglesia del lugar en que vivo, esa que tiene un patio trasero que parece llevar años sin ver un solo ser humano. Esa iglesia que desprende un aura anaranjada — como todas las iglesias — que muere contra el Azul del mundo exterior.
Esa luz que yo llamo Neón espeso y que huele a naftalina.
Bendita luz, fue como anestesia contra la desesperación.

                                              Está bien, si la casa no me deja avanzar dentro de ella, haré que me engulla para moverme sin ser vista — y automáticamente, sin lógica aparente, me tumbé sobre aquella baldosa que prometía estar helada y sin embargo era como asfalto achicharrado, que se pegaba a la piel. Pronto el calor se introdujo dentro de mí, el aliento caliente que empecé a exhalar, se fundía con aquella luz azul espesa y es la sensación más contradictoria y bella que jamás he tenido.
El carbón pronto empezó a cubrir mi cuerpo en forma de lava negra, el calor se hacía insoportable, pero no mortal.
Sólo notaba aire aún en las yemas de los dedos, pero el sudor acabó con él en cuestión de segundos.

De repente noté ese frío que se nota en Enero al bajar del autobús y respiré tan fuerte que me dolieron los pulmones.
Cuando abrí los ojos, nada.
Nada y un interruptor.

                     — Ahora sé que estoy soñando.

De pronto reconozco la puerta del cuarto de baño de mi casa, el que hace esquina entre dos pasillos.
Oh dios… sólo quiero entrar y beber agua; sé que de frente hay un espejo y en cuanto encienda la luz me veré reflejada en él.
Toco el interruptor que se encuentra a mano derecha sobre una pared anaranjada, lo noto sobresaliendo del gotelé, lo pulso con la mirada ya puesta sobre ese lugar en que sé que se encuentra el espejo.
Y no veo nada.
No hay luz.
Vuelvo a pulsar, la luz no se enciende, no veo. Me giro y no veo absolutamente nada, pero sé lo que hay allí, un pasillo que conduce a la última habitación de la casa. Es mi casa. La reconozco. Empiezo a caminar despacio rozando la pared con los dedos; la segunda puerta a la derecha, mi habitación… Al fin estoy en mi habitación, sé que tras el cerco de la puerta, a mano izquierda, está la llave de la luz, sólo tengo que encender.
Pero tampoco se enciende. Subo la cabeza miro la lámpara compuesta por tres bombillas, no veo nada pero sé que la lámpara está allí.
¡La ventana! Al fondo de la habitación hay una ventana, justo encima del radiador; me dirijo a ella, diría corriendo pero no hay espacio para movimientos grandes.
Palpo el cristal frío, arrastro los dedos, el aluminio, gotelé y nada más.
Sé que aquí había una cuerda para subir la persiana, pero no está. No está.

                       — Sé que estoy soñando, he tenido este sueño más veces. Pero la angustia que me produce esta oscuridad nubla cualquier pensamiento racional que mi mente pueda siquiera intuir.

Me reduzco a vértigo, a un agujero de calor, de nerviosismo.
Calma. Hay más interruptores, más ventanas.
Cruzo mi habitación, salgo de allí, recorro el pasillo en forma de ele, a la derecha la cocina, hay dos tubos fluorescentes aquí. Enciendo. Nada, no hay luz en toda la casa.
Lo intento con un par de habitaciones más, los pasillos son más cortos de lo normal, sé que es mi casa pero no puedo verla.
Vuelvo a la puerta del cuarto de baño, donde estaba al principio. Enciendo y apago sin parar pero no consigo nada.
Se me ocurre, no sé muy bien con qué fin, enchufar el secador en el enchufe que hay a la izquierda del espejo, funciona.
Hay electricidad y hay bombillas, porque las toco.
Mientras toco las bombillas para apretarlas, para ordeñarlas y que salga luz, bajo la cabeza, me sitúo paralela al espejo.
No hay luz, pero si intuyo mi casa, podré intuir mi cara en él.
Me miro fijamente a lo que creo que son los ojos, sólo veo nubes negras, que se van haciendo azules y verdes.

— Todo el mundo sabe que en los sueños no puedes verte en un espejo.

Pero cuando llegue la oscuridad, todo el mundo te dirá que esto no es un sueño.

.