poema para el estado de descomposición

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Me siento al sol, al río y a la hoja

a las lenguas frescas de los pastos,

me siento a ver los niños y las rocas

pesar delante de mi durante años.

 

Supongo que ya estaré descompuesta

seré alimento de algún gusano,

hace demasiado tiempo

que perdí la noción de mi cuerpo.

 

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a la muerte de la natulareza:

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Cuando aún, inconsciente como tú, danzaba alrededor

y te veía con todo el cuerpo

y después te soñaba con humedad y calor,

hundíamos las dos nuestro gesto

en el lento movimiento de lo que nace;

cuando aún no era tan evidente

el contorno entre mis pies y tu tierra,

podíamos pasar las horas

y, a pesar de las muertes pequeñas alrededor,

jugar a los charcos, a las lombrices y a la arena.

 

Te recuerdo como un fértil encuentro con la nada,

como un giro eterno y plural,

te recuerdo del color de la infancia.

 

Y ahora, pasto de la fobia y el dolor,

disfruto en soledad

de tu triste e injusta muerte dentro de mí,

con la calma,

con el alivio de saber que tú siempre que mueres

estás volviendo a nacer.

 

polvo y hoyos fríos

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Hay un globo ilustrado con árboles, cambiando las texturas primeras, los cultivos segundos, está la piedra allí en el suelo y yo soy su poro, están vacíos los juncos alrededor. Veo tu cara desvestida de gesto y siento que vuelvo a estar desnuda en la pradera, rozando las hormigas con mis rodillas en la tierra. Esta observación pequeña me recuerda al flequillo despeinado, a esa mueca tuya vacía, posible de todo, esperando recibir mi instinto, quieto, desde su espacio en construcción. Está el mar delante, hay polvo y hoyos fríos, hay materia pero no es la materia que normalmente me viste. Se miran nuestros pies y el mar, y se salpican unos a otros de agua y piel; bailo en un plano de cuerpos que no son cuerpos.

 

Atenea, puta


Atenea te crees

cuando vagas por orificios impersonales,

cuando sacudes tus dos manos de piedra

sobre abdómenes blandos y calientes;

desde arriba goteas grotesca ironía

que hierve en las bocas más grandes y abiertas del mundo.

 

La tierra no quiere tu cuerpo fingido,

Atenea,

tú que haces de los seres escaleras,

no te quieren las flores ver pasar

con tu mueca de desprecio constante.

 

Tu adoración contemporánea e indiscriminada

por lo poco, por lo nada,

tu estructura altiva, remota, niñata.

 

Atenea,

¿qué piensas todo el día pensando?

Ves el mundo podrido, lejano a tu naturaleza,

y el mundo te envía distancia,

para no verte,

para no padecer tu estancia extravagante en la tierra.

 

¿No lo ves, Atenea?

Que estás sola

entre roces que no te sienten,

ellos a ti,

en ningún lugar,

que todo pasa lejos

de tus hilos de indomable soberbia,

puta, pobre deidad

de la pena

y lo inconexo.

 

Poema para regar las plantas


Una planta me observa quieta desde la tierra,

me duelen sus hojas, me duelen sus raíces,

bailo alrededor de una fotosíntesis compleja.

 

He perdido la noción de la naturaleza,

cada peso de cada cuerpo

es una dimensión doliendo;

la estructura vence al tiempo,

el tiempo vence a la velocidad;

la violencia fluye lenta en estas horas difíciles,

el teatro ocurre dentro igual que los detalles.

 

La sombra mágica creciendo en un lugar

donde el rojo y el verde son lo mismo,

un cataclismo que escuece en todos los extremos,

una cosecha, de sensaciones densas, que no nace.

 

Y otro paraíso, más cerca,

otras semillas alargando su presencia

bajo tierra de fértil apariencia

y sapos, y columnas y ordinarias sensaciones,

que transcurren mientras riego las flores de mi balcón.

 

Rosa inflamación etérea

Siento un océano, un estético ruido que perfora, un poema que viola a la Tierra, una profundidad lírica y trastornada. Y todo lo siento donde debería sentir una rosa inflamación etérea, nerviosa e inevitable, en el molesto anexo de mis conclusiones amarillas. Interpreto mi papel de larva que flota, sin exigencias, sobre el dolor complejo de un intervalo moral, aunque preferiría peinarme el pelo con hojas de palmera y mear sobre la superficie tranquila de un orinal.

Yuxtapongo esta vigilia con tus ojos platónicos haciendo sombra en mis cuevas, me siento a jugar en la orilla de las cosas que deberían ser de miel, y me retuerzo ocularmente sobre una ideología barata, sobre una convención que no me cabe. Qué defecto es este que se muestra sólo en la irreversible versión de una lengua que gira… qué manifestación contra la nada elevo, si me dejo llenar de un vacío que no me sacia…

Siempre doy vueltas alrededor del mismo pliegue vital, alrededor de una exigencia que me da náuseas moradas.

 

Breve tierra


Está desnuda y peina toda la tierra que ha crecido entre su pelo en los últimos años, está desnuda e, incluso así, se le mueve la falda. Sus ropas de polvo de canela ya están lejos de las rocas sobre las que llora en armonía con un pez que vive dentro de sus ojos de palmera. Todo es agua que penetra, hiedra que se extiende lenta sobre el puente oscuro que une sus facciones a la tierra. Crecen árboles inmensos en su pensamiento fértil, luces blancas atraviesan su cordón umbilical y observa quieta, a la espera, un oscuro escarabajo que camina en dirección a su sonrisa. Mece, sin mecer las cosas, toda la existencia que se encuentra tras su vientre, cuelgan uvas de su boca, flotan cítricos maduros bajo las hojas de su piel laxa, pero parece ella quien flote bajo el resto del mundo sujetando, sin tocarla, la eternidad entera.

Rubio y rizado su cuerpo se extiende por las montañas más pequeñas y en las grandes apoya con cuidado los ojos. Moscas pequeñas, que a la luz son naranjas, atraviesan grietas mullidas que se extienden sobre su cuerpo, todo se vuelca entero sobre los pliegues y las yemas de su belleza amarilla. Tiende verdes hojas a la luz del sol del lunes, seca ostras encogidas por los años a la deriva en una cuna acuática; y ama todas las virutas del pensamiento ajeno y de los horrores propios. Se tensa leve, ella desnuda, tras todos los fragmentos de las horas que pasan, y siente los frutos de la vida emanando de otros lagos que sus ojos aún no ven.