forma y preludio

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Hondas fosas huecas de pintura y planta

habitan caracolas en la tierra seca,

grueso grano óseo, curva estalactita,

es recorrida por la hormiga de todo el universo.

 

Hay ruido en el insecto,

en la delicia colectiva,

hay una húmeda forma de desprendimiento,

un equilibrio en el cuerpo

y una mujer en la herida.

 

a la muerte de la natulareza:

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Cuando aún, inconsciente como tú, danzaba alrededor

y te veía con todo el cuerpo

y después te soñaba con humedad y calor,

hundíamos las dos nuestro gesto

en el lento movimiento de lo que nace;

cuando aún no era tan evidente

el contorno entre mis pies y tu tierra,

podíamos pasar las horas

y, a pesar de las muertes pequeñas alrededor,

jugar a los charcos, a las lombrices y a la arena.

 

Te recuerdo como un fértil encuentro con la nada,

como un giro eterno y plural,

te recuerdo del color de la infancia.

 

Y ahora, pasto de la fobia y el dolor,

disfruto en soledad

de tu triste e injusta muerte dentro de mí,

con la calma,

con el alivio de saber que tú siempre que mueres

estás volviendo a nacer.

 

el río

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Tú y yo acabándonos en la superficie del río,

quedándonos en el agua y las rocas,

pasando al reflejo, a solamente la luz,

dejando en la orilla nuestros cuerpos levemente morenos,

tendidos al sol y a la arena.

 
Tú y yo ahora en el fondo de lo infinito

que espera, bajo la materia, a ser habitado,

y sonidos de insectos y pequeños ojos de animales

posados ya sobre lo que dejamos arriba,

y un puñado de vegetación salvaje

trepándonos para recomponernos en la suela de las semillas.

 
Cuatro manos pasando a la capa del barro

y mientras, lejos, donde no llega el movimiento,

una breve ola estática

significando nuestros seres para siempre.

 

polvo y hoyos fríos

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Hay un globo ilustrado con árboles, cambiando las texturas primeras, los cultivos segundos, está la piedra allí en el suelo y yo soy su poro, están vacíos los juncos alrededor. Veo tu cara desvestida de gesto y siento que vuelvo a estar desnuda en la pradera, rozando las hormigas con mis rodillas en la tierra. Esta observación pequeña me recuerda al flequillo despeinado, a esa mueca tuya vacía, posible de todo, esperando recibir mi instinto, quieto, desde su espacio en construcción. Está el mar delante, hay polvo y hoyos fríos, hay materia pero no es la materia que normalmente me viste. Se miran nuestros pies y el mar, y se salpican unos a otros de agua y piel; bailo en un plano de cuerpos que no son cuerpos.

 

queso y vino

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Ser una cucharada y que nada ocurra después, un hilo de lana o una manzana tomando el sol en un frutero. Ser una escena pequeña en una cama, un espejo cuadrado, una mosca en la espalda. Y que el resto de las cosas sean ridículamente innecesarias; los vestidos, los enfermos terminales, las arcadas, la sombra. Ser un mantel sobre el que incide la luz, sin comensales, ni platos, ni estancia alrededor, un cable que conduzca nada a ningún lugar. Ser lo blando. Ser lo muerto. Ser lo previo. Ser el color de ninguna cosa, el peso de ningún volumen, un codo apoyado en la luz. Y vibrar en suspensión, como la risa de un vecino, sin presión que procesar, ni necesidad de ingerir queso y vino.

Vientre universal


Hay una flor en un vientre universal, y hay un lapso violento en el que, ella, nace.

Observo dos margaritas levemente empujadas por un viento blanco desde atrás, sus débiles frentes amarillas se acercan entre sí, hay algo íntimo en esta realidad tan obvia. No existen dos flores contiguas que se amen más, estoy segura de que antes de brotar ya se habían buscado bajo la tierra. Sus bocas pequeñas avanzan hacia el sol, olas de rocas molidas sujetan sus pies de enredadera.

Hay diminutos instantes entre una margarita y la siguiente, a lo largo de la tierra, amanecen o se secan, hay niños con enormes lupas que, al ir a matar hormigas, pisotean flores frescas.

Hay algo de domingo en sus tallos, y algo de sus tallos en mis ojos, que las miran. Y hay un jarrón vacío a mi derecha, y una luz delgada que lo riega, parece tener la boca abierta y sus brazos de jarra pidiendo comer pulgones o ramas de árbol.

Hay un vientre universal que me rodea y una niña enorme que me observa, y hay un flequillo amarillo despeinado sobre mi cara, y me da miedo esta pradera.

Madres de hierba


Hoy siento mis manos diluirse contra lo externo y alejarse de la gravedad convencional, siento la superficie de las hojas brotando debajo de mi cuerpo arqueado y finito, y saboreo con las uñas la clorofila fresca.

La sombra abierta de las orgánicas madres de hierba, despejan la lenta sepultura de los plásticos quemados y los cuerpos sin memoria. Todavía los fondos hondos de las carnes de palo transitan por nuestras emociones lejanas y oníricas, en vez de corresponder con nuestros escalones internos, rojizos y necesarios. Una insípida correa de amor propio diluye el miedo vegetal y el sonido de las semillas pensando, con pausa, en nacer.

Toda esta borrosa hiedra que duerme con tristeza en el último comienzo de lo humano, se viste de negro, se pudre de blanco y cae hacia un infinito agujero de ojeras y odas a la patria edificada sin danza.